23 julio 2007

18. Condo y los tres amores

Últimamente no voy mucho al cine, y cuando lo hago sólo veo películas de aquellas en las que nunca hay cola y que duran pocos días. Algunas son argentinas, como esta de ahora, que trata el tema de la pareja con un humor fino y descarnado.

Al salir del cine pienso que el amor no existe, que es un invento post-industrial, como dice mi amiga Carmen que vivió la época de Corín Tellado. Que solemos confundir el querer a alguien con el necesitarle. ¿Me necesita Jorge? ¿Y yo a él? Pero en caso de que exista habría de varios tipos, he pensado algunas veces en ello en mi manía crónica de clasificar. Me paro en medio del paseo peatonal para sacar el tabaco del bolso y una mano surgida de la nada ofrece fuego. Es Condo, ¿quién, sino?

-¡Hola! ¿Qué tal la peli? –pregunta, y luego acompaña mis pasos por el bulevard.

-Bueno, ya sabe, eso del amor es un tema trillado –digo con la primera bocanada, mientras me pregunto por qué no me ha acabado de gustar.

-Yo prefiero las del Oeste y las de piratas.

-Usted nació niño, le vestirían de azul –bromeo.

-El amor es un don, condesa, un regalo.

-Ya, justamente me lo estaba preguntando. No, mire, Condo, creo que ya lo tengo: en realidad el amor se puede clasificar en tres categorías.

Él sonríe con media boca y medio bigote mientras nos acercamos sin prisa a un banco de madera.

-Vaya ¿habemus teoría nueva? –pregunta, dejándose caer.

-Verá –tomo aire, una vez instalados-, pero todo esto suponiendo que sí existiera, claro: primero estaría el amor así, a secas, en minúscula, aquel donde las graciosas pequitas acaban siendo repugnantes verrugas, el amor-cuento, el de plástico, ya sabe.

-Oh, ese es muy hermoso –ironiza Condomina-, provee de gruesos chorros de serotonina, dopamina y esas cosas.

-Al principio sí, pero luego ya sabemos qué ocurre.

-Por cierto –pregunta mi interlocutor- ¿qué tal Jorge?

-Bien, un poco cansado de Miami, dice que es una ciudad de viejos. Y que me echa de menos.

-Ese amor hay que currárselo, condesa –añade.

-Se lo diré de su parte –contesto ágilmente antes de seguir- pero déjeme continuar, ¿quiere? En otro nivel –continúo- estaría el Amor con mayúscula; ese es distinto aunque sigue siendo à deux: en este no se pide, ni se juzga ni se pretende cambiar al otro; el amor-espejo, desatado del yugo de las hormonas, de los celos, del sudor.

-Eso es, casi casi, un amor apofánico –apunta Condo, acomodándose mejor las gafas y mirando distraídamente a los paseantes.

-¿Qué es el apofánico? –le pregunto a Condo, que parece que va a suspirar pero se reprime.

-Aquel que hace renacer –explica mirándome tan fijamente que me cohibe-... el que lo resitúa todo en su justa dimensión... el que alimenta no al ego sino al Ser en su dimensión más profunda, como el que...

-Ah –interrumpo, porque de todos modos Condo se había quedado colgado ahí.

Intento retomar el hilo, quiero terminar lo que estaba diciendo antes de olvidarme.

-En fín, hasta aquí hablamos de dos, aún limitados por su respectiva discontinuidad, que diría usted.

-Yoidad –modifica.

-Como prefiera. En estas dos categorías nos hallamos aún, pues, enfangados por la yoidad, limitados por ella como un pájaro enjau... ¿Me está escuchando, Condo?

-Ajá –dice, siguiendo con la vista a una parejita de quiceañeros que pasan ante el banco compaginando su lento caminar con un interminable beso.

-Ahh, el amor está dejando de ser una creencia para convertirse en una opinión... -suspira como hablando para sí mismo.

-¿Perdón?

-No, nada -dice, también como hablando para sí-, que estaba pensando yo ahora que las parejas de ahora están cambiando hasta las expectativas. Ahora no es como antes, ahora se fundan en un estatuto de disolución autoprofética, ya no se piden pruebas de consistente realidad, la certeza ha dejado de ser necesaria. La gente de ahora aprovecha las relaciones como asistencia mútua y para compartir gastos y viajes... Dentro de un tiempo la imaginación humana se habrá zafado para siempre de esa bella carga dramática que parecía ir enroscada a aquel amor para siempre que nos habían enseñado.

-Creo que le comprendo... Bueno, ¿me pregunta por el tercer tipo de amor?

-Todo oídos –dice, recostándose cómodamente en el respaldo.

-Ah –rebobino-, olvidé decir que en la segunda categoría incluyo el amor de madre, ya sabe.

-Bueno –accede Condo-, aunque... Nada, luego. Sigue con tu teoría de los tres amores, hale.

-En cuanto al tercero... ese otro se escribe todo con mayúsculas porque trasciende los límites del yo –proclamo, ufana.

-Hum –dice Condomina, pellizcándose con dos dedos unos pelos del bigote.

-Lo cierto es que esa cosa que podríamos denominar AMOR tiene algo que ver con lo que usted llama arrobamientos.

Da gusto tener una jerga con la que entenderse tan fácil.

-¿En qué? –pregunta.

-Pues –ésta es fácil- que suele ser concomitante a aquellos. Florece de ellos, por decirlo así.

-¿Ah, sí? –dice él con aire pensativo-. Ojo con derramar tanto amor por ahí, condesa, porque cualquier día puedes tener un disgusto.

-¿Por qué dice esto?

-Porque tú eres un cúmulo de amor desaprovechado aunque lo ignoras –aclara.

-Hombre, de disgustos ya he tenido, como todo el mundo. Pero hágame el favor y déjeme acabar, ¿vale?

Asiente.

-En ese estado se ama a todo, quiero decir todo lo que existe. Sólo porque existe, por encima o por debajo de la condición de humano... No niego que sea un estado subjetivo, que sí lo es, pero es otra cosa, otro rollo. Allá no hay límite –remato, entusiasmada.

“Casi siempre hay un límite”, piensa Condo sin que yo lo sepa. En lugar de esto, dice:

-Ya, a Santa Teresa también le ocurría.

Ya estamos otra vez.

-Y a los espectadores de un concierto de Iron Maiden también, no te fastidia –digo, algo molesta.

-Mujer, si me sales con el amor místico ¿qué quieres que haga? –se defiende Condo pacíficamente.

-¿No se llamaba apofánico?

-Ese era el anterior –aclara con paciencia casi paternal.

-Ah, es verdad –me disculpo-, es que me lía usted.

-Y el amor maternal que decías antes es otra cosa, ese no entra ni con calzador en esta teoría tan tranquilizadora.

-Hombre –protesto-, no me dirá ahora que el amor más altruista no es el de una madre hacia sus cachorros.

-Pues sí, te lo digo.

-¿En serio? –me asombro-. Yo creía que era así, aunque fuera por eso del instinto de conservación y demás.

-Tú lo has dicho: instinto –corta Condo-. Se trata del arcaico instinto de supervivencia del grupo, contrapuesto al de la supervivencia individual, aproximadamente igual de arcaico que el otro. En todas las especies hay un programa primigenio que...

-¿Una especie de software?

-Más o menos –concede-, aunque deberías saber que el paralelismo entre mente y ordenador ya está algo demodé. Pero sí, la escala de prioridades parece regida por una pauta cósmica ineludible, sobre todo en las hembras de las especies que optan por la reproducción sexual para perpetuarse. Esas hembras, querida condesa, no cuidan de sus crías por sacrificio sino por inversión, pues en sus polluelos o cachorros van invertidos nada menos que el cincuenta por ciento de sus propios genes, los cuales, sabiamente combinados con otros, perpetuarán su especie, que de eso se trata...

Cuánto sabe. Como casi siempre, me bebo todas sus palabras cual esponja sedienta. Y, a pesar de que siempre que le escucho me concentro en sus facciones, hasta hoy no me había dado cuenta de que me recuerda a George Harrison en versión madura.

-...de manera que si le quieres llamar amor maternal a eso eres muy libre –está diciendo Condo-. Pero ese "instinto maternal", además, procede de la agresión, algo que dicho así en crudo te sonará a herejía, pero en realidad agresión, sexualidad, procreación y cuidado de las crías son automatismos absolutamente programados por esa inteligencia sin cerebro que son los genes, que utilizan vilmente los cuerpos para su propia y egoista continuidad.

Si es así, me asalta una duda.

-¿Y los que no nos reproducimos?

-Eso es harina de otro costal: una especie de transgresión al programa primigenio, como lo puede ser la homosexualidad o cualquier otra forma de sexualidad no reproductiva.

-¿Nos saltamos el software, como los hackers? –pregunto.

-Algunas subrutinas de él, si insistes en el paralelismo. Por eso esas cosas no están bien vistas –asegura.

-Tiene toda la razón: a mi edad hay que ir por la calle del brazo de un hombre y acompañada de dos retoños. La sociedad sigue sin perdonar a las solteronas...

-Lo cierto es que, por esto y por otros motivos, tú también eres un poco disidente, sobre todo teniendo en cuenta que eres mujer –dice eludiendo un tono machista-, pues habrás observado que los hijos son la excusa de muchas madres humanas para no hacer en la vida nada que valga la pena. Por cierto –añade-, siento desilusionarte pero esa teoría tuya de los tres amores ya la ha pensado alguien antes que tú.

-No fastidie. ¿Quién?

Siempre fastidia un poco que uno tenga una idea brillante y otro se le haya adelantado, cosa que me ocurrió también de pequeña cuando inventé –sí, yo- la bayoneta.

-Alguien bastante conocido en el mundillo, pero no has oído hablar de él[1]. La cuestión es que has desgranado esa clasificación ternaria de un modo curiosamente parecido.

-Tenía que ser así, Condo –pienso en voz alta-, porque he comenzado a cansarme de lo binario, de los ceros y unos. Tiene que haber otra salida, otra perspectiva. Quiero decir como en el cuento donde a aquella araña que sólo conoce su mundo bidimensional, la mosca que vuela no se le hace visible hasta que se posa en el suelo, hasta que aterriza en su única dimensión conocida.

“Una esperanza” piensa Condo, pero en lugar de eso, dice:

-Pues sí, con ligeras variaciones vienes a decir lo mismo.

-Y ese otro a quien no conozco ¿cómo lo explica?

-Parecido, ya te digo, sólo que algo más elaborado. Él opina que el primer tipo de amor es aquel que está vinculado con la sexualidad. El segundo añade el concepto de benevolencia, el amor caritativo. Algunos freudianos consideran que la líbido se inmiscuye en todas partes como un gas pero, según ese científico, ese segundo tipo de sentimiento estaría libre de lo erótico.

-¿Y el tercero? –pregunto impaciente.

-Ese sería un tipo de amor que se despliega más bien hacia las ideas o a lo ideal, a todo lo que posee un valor por sí mismo, el amor subyacente también en la amistad pura y dura, la sublimación del erotismo...

-¿Erotismo aquí también?

Condo suspira discretamente.

-He dicho sublimación del erotismo –puntualiza-, el cual, a su vez, viene a ser una sublimación de la sexualidad, o sea, una sublimación retorcida sobre sí misma, al cuadrado. En palabras más comprensibles: el amor-aprecio exaltado en la admiración, el amor a lo grande, a lo divino... A lo trascendente, en definitiva.

Es ahí, en ese punto, al oirle hablar de admiración, de sublimación, de trascendencia, cuando algo me obliga a reconocer que no somos uno solo. Hay algo más ahí, dormido como un volcán inactivo, que de vez en cuando levanta tímidamente la mano pidiendo permiso para hablar. La mayoría de veces ni siquiera sabemos que tiene voz.

-La clave de esta supuesta trinidad –continúa Condo- es que aparece como un personaje extra, un actor invitado.

-¿Se refiere a que pasamos del yin y el yang?

-Me refiero a que en esa teoría vuestra de los tres amores el tercero es realmente muy poco habitual.

Es indiscutible que está en lo cierto. Eso de ahí dentro patalea otra vez con furia pero lo acallo concentrándome en lo siguiente:

-Fíjate en esto otro: en la antigua astrología, por ejemplo, el Sol corresponde al número uno, la energía creadora, centrífuga, el principio masculino, el que da; la Luna al dos, la energía que nutre, femenina y centrípeta, la que recibe. Si lo prefieres, el padre y la madre, el animus y el anima.

-¿También es usted astrólogo? –me sorprendo.

-Ya no, eso fue hace mucho tiempo.

¿Qué pinta tendría en el Renacimiento? ¿también llevaría bigote? ¿sería también alquimista?

-De acuerdo, ¿y el tres?

-Mercurio, o sea Hermes, el que une a unos y otros volando de aquí para allá con sus mensajes. Hermes el hermafrodita, otro transgresor sexual por cierto.

-¡Y Hermes Trismegisto! –recuerdo de pronto-. ¡Tres veces grande! ¿Hermes vendría a ser el hijo?

-En efecto: el fruto alquímico, la cristalización, aunque yo lo veo más como un salto de nivel, una salida ingeniosa de la trampa dual, podría ser un primer estadio del escape hacia arriba. Podría, sólo.

-¿Usted no lo cree?

-Lo que yo creo –se explica Condo, levantándose el cuello de la chaqueta contra un frío aire otoñal- es que la superación de la dualidad no consiste en añadir algo más al entramado, sino en ir más allá de ella por otro camino que no es necesariamente la adición. Quiero decir que la evolución no opera por sustitución de los viejos principios, sino por aposición: lo nuevo sobre lo antiguo, una remodelación de lo ya sabido, del prejuicio. Es cierto que casi todo se puede clasificar, pero en la metáfora mitológica que te he puesto, por ejemplo, si te fijas bien los polos opuestos no son superados añadiendo algo más, sino uniéndolos mediante mensajes, hilos invisibles.

Me quedo ensimismada mientras se abren portezuelas interiores, pensando en todo esto pero a la vez en eso otro que quería decir algo hace unos momentos. Era algo relativo a la admiración, al amor a lo ideal y lo divino, algo informe que exigía una atención que no he querido prestar. ¿Admiraba a Condo y hasta ahora no me daba cuenta de cuánto? ¿Acaso le amaba como Teresa de Ávila amaba a Dios? ¿Se trataba quizá de un instinto maternal proyectado donde no debía? Por primera vez me doy cuenta de cuánto le echaría de menos si no estuviera.

-¿Y a mí? –pregunta, trayéndome de nuevo a la realidad.

Me había distraído, parece estar preparando una broma de las suyas.

-¿A usted..?

-Si me admiras, me amas, o me aprecias, ¡ja ja! –dice.

Hay una parte de nosotros que es fiel por naturaleza a nuestra verdad única y que conoce más de ella que nosotros mismos. Duerme su aparente letargo en la oscuridad, pero no perdona cuando se perturba su sueño cosquilleándola con una palabra que actúa como resorte. Imagino que duerme acurrucada en el corazón porque, cuando despierta, éste suele acelerarse, y eso suele ocurrir cuando mentimos, ya sea a los demás o a nosotros mismos, ya sea activamente o por omisión.

Condo, ignoro si a propósito o no, acaba de meterme –maquiavélicamente, aunque parezca un niño que jamás rompió un plato- en una encerrona semántica cuya clave está en el hecho de que cualquier respuesta posible lleva consigo el compromiso de ayudarle a lo que más desea: ser mortal. Y a mí jamás me han gustado los compromisos. Consulto brevemente su mirada, que confirma con un cansancio de mil años que lo que más desea es dejar su condición aunque, paradójicamente, vivir signifique también poder morir. Morir de veras. Admitir sentimientos más allá de lo adocenado sería, pues, una condición para traerle de nuestro lado, pero también para poner fecha de caducidad a estos encuentros, una posibilidad a la que algo en mi interior grita un alarido de negación, hecha como estaba a la idea de que Condo era eterno.

-A usted le gustaría ser como nosotros, ¿verdad?

Condo sonríe un poco amargamente.

-Siempre se desea lo que no se tiene –dice-, ya te lo dije hace tiempo. En Amsterdam si no recuerdo mal.

Un deseo primordial, vibrante, se hace espacio a codazos en mi interior, un deseo que no es genuinamente mío, como si no me perteneciera del todo. Quisiera decirle a Condo que no estaba preparada para una paradoja tan cruel pero, a pesar de ello, que cuente conmigo.

Un sentimiento desconocido se germina entonces a sí mismo en algún lugar dentro de mí y, con el poderío autónomo de un ser vivo y sin que yo pueda hacer nada por evitarlo, toma cuerpo, revuelve mis entrañas sin compasión buscando una palabra, y al encontrarla se encarna en ella.

Su palabra es “incondicional” y su elemento el fuego.

En medio de la espiral de la que surgió el mundo, la palabra se convierte en flecha y se lanza, sin importar nada más, por el camino más corto hacia los ojos de Condo del único modo en que una flecha puede ser disparada en busca de lo verdadero: cruzando a su salida todas mis capas, dejándolas bellamente desgarradas y sangrantes. Aquel deseo, ahora lo veo, no era mío porque era de él: venía buscando su palabra y, tras arrancarla de mí, vuelve a él, a su origen. Apenas ser lanzada todo deviene vertiginosamente simple: no había categorías, no las hay, todo era una trampa de la mente: todo es lo mismo.

La serenidad que otorga lo sencillo ahoga mi último resto de orgullo:

-Acabo de cambiar de opinión, Condo.

-Vaya –hace como que se asombra-. ¿Y eso?

-Estaba equivocada: no hay tres formas de amar, ni dieciocho. Sólo hay una. Pero se me ha hecho tarde, me cerrarán el supermercado.

-¿Te has quedado sin berberechos? –reacciona ágilmente Condo, lanzando lejos su colilla.

-No –respondo levantándome-, me voy a por un Muga, tengo algo que celebrar.

A los pocos pasos me vuelvo hacia él y me fijo otra vez:

-¿Sabe una cosa? Tiene usted una retirada a George Harrison.

-¡Ja ja! Eres tan tierna, no cambiarás, ¡ja ja!

Aún se está riendo cuando su imagen se desvanece en el banco, así, tal como estaba.

(FIN)

ago-2006
modif. nov-2007

[1] N. de la A.: Se refiere a Claudio Naranjo.


15. Condo pensando

EN REVISION

14. Condo y la casa habitada


Al final el del matadero fué amable, pero ¿quién me mandaba a mí meterme en tales berenjenales? ¿Acaso me creía Caperucita?
Ese día comenzó de un modo banal, pues inscribirse en un taller de yoga de un fín de semana en la naturaleza tampoco parecería nada tan grave. Siempre, claro está, que no se cometa errores como el que cometí.
El curso comenzaba por la noche del viernes. Previamente me había asegurado por teléfono que el taxista del pueblo me llevaría desde la estación de tren, a la hora convenida, hasta una casa situada a algunos kilómetros del pueblo, entre densos bosques de pinos y encinas. El dueño la alquila a grupos para este tipo de eventos. Algunos de mis compañeros ya habían estado anteriormente allí y habían ofrecido sus coches, pero preferí venir por mi cuenta en uno de mis nunca escarmentados alardes de autosuficiencia.
La noche ya llevaba buen rato instalada cómodamente sobre las copas de los árboles. ¿Tenía que ocurrir eso en luna nueva? Al menos no aparecería el lobo del cuento, pues es sabido que los lobos tradicionales prefieren la luna llena, pensé.
En el transcurso de un recorrido por una negra pista de montaña durante el cual el taxista sesentón sufrió visiblemente por sus neumáticos y sus amortiguadores, preguntó varias veces si estaba segura de dónde iba. Yo, metódica, le aseguré que sí, pues tenía el plano muy bien detallado del lugar. “No estoy seguro ahora de qué masía dices, vine una vez hará diez años, pero...”. A mí, por mi parte, me pareció haber contado bien los desvíos de cotos privados de caza -legibles tan sólo por los faros del coche al pasar- y haber distinguido claramente la curva cien metros antes del punto desde el que debía divisarse la casa en cuestión, a la derecha.
-Aquí, es aquí –digo de pronto al ver entre las ramas algo de color claro.
-¿Estás segura? –pregunta el taxista, frenando con un fruncido de entrecejo mientras mira hacia donde miro yo, y viendo también el lodazal que nos separa de la casa-. Es que hasta allá no puedo meterme, tengo que dejarte aquí...
-Sí, sí, seguro, no se preocupe –digo.
Me bajo, a una cincuentena de metros de la casa. En medio de la negrura, las luces del coche retroceden un poco con el inconfundible lamento de la marcha atrás, y luego se alejan hasta perderse por donde habíamos venido. No hay ni un atisbo de luna, o, para ser exactos, un curvo hilito muy tenue, pero en breve me encontraré con los demás junto a la chimenea -me reconforto-, como cuando íbamos de colonias. Es al aproximarme a la casa cuando me asalta una duda: ¿por qué está toda a oscuras? ¿tendrán avería eléctrica?
Saco el móvil del bolso con un gesto que imita a aquél con el cual saca el revólver protector, en las películas americanas, el inspector de policía al aproximarse al polígono industrial abandonado donde se esconde el criminal. Lástima que la previsión no me alcanzara también a cargar la batería cuando aún tenía enchufes a mano, antes de salir de casa, porque al menos serviría, si ya no para disparar, al menos para llamar a alguien. Eso suponiendo que en este bosque hubiera cobertura, porque –naturalmente- tampoco la hay.
Mi instinto, perspicaz como pocos, huele finalmente a error indefinido, un error que acecha en algún sitio, sólo que no se ve casi nada y no puedo adivinar siquiera dónde ubicar exactamente el desajuste. La luminosidad casi nula permite confirmar a duras penas que la construcción es una vieja casona de dos pisos y buhardilla en medio de una nada frondosa. Esperaba algo más grande, no sé, quizá algo menos tétrico. Llamo tímidamente a una puerta circundada por hiedra, esperando sin mucha esperanza una contestación con matiz humano. A menos, pienso, que suene el despertador y deba volver a empezar, en cuyo caso me recuerdo a mí misma, en esa otra versión, cargar el móvil antes de salir.
Pero ni hay contestación ni suena ningún despertador que me devuelva a mi cama. Se me ocurren una veintena de sinónimos para mi estupidez por haber dejado marchar al taxista. De momento, me digo, lo que hay que hacer es no perder la calma y volver a llamar confiando en que están todos dentro (por alguna razón a oscuras) y que no han oído el timbre la primera vez. No hay nada como el optimismo, me insisto a mí misma: a los optimistas todo les va bien, no al revés.
Esta vez golpeo la puerta con la fuerza que proporciona la angustia cuando los despertadores no suenan. “Porque esto”, pienso, “debe ser la realidad real”. Golpeo de nuevo. Tensa espera. Silencio.
¿Miedo? No, condesa: los lobos sólo salen en luna llena, hemos dicho. Es curioso cómo el humorismo puede asaltar en situaciones como esta, a modo de tabla donde la mente se agarra desesperada para no hundirse. Analicemos la situación: me hallo en medio de un bosque de pinos y encinas, en plena noche oscura de otoño, sin rastro alguno de civilización a la vista, sin medios de contactar con nada civilizado, y a diez kilómetros, montaña por medio, del núcleo urbano más próximo. Calculo que a pié, a razón de 4 kilómetros por hora, llegaría en dos horas y media. ¿Qué hacer? Una opción -de hecho, la más atractiva por el momento- es escoger asiento junto a un buen pino que inspire confianza por su aire sereno y llorar en su hombro. En su tronco. Miro alrededor y, dada la oscuridad, elijo uno casi a ciegas. Me siento junto a él.
-Es cierto, pino –le digo, rodeando su tronco con mis brazos-, mi estupidez no tiene límites. Ya tenía razón el taxista en dudar: el sitio no era este.
Me acometen intensos deseos de llorar para aliviar la tensión. Condo dice que la queja sólo es operativa cuando hay público, pero algunas mujeres se ven a sí mismas más bellas con la cara bañada en llanto. A lo lejos se oye el canto de un cuco. Un reloj de madera oscura traido de Suiza, un pajarillo con resorte que salía incansable cada media hora, traiciones de la memoria en momentos poco adecuados. La noche extendiéndose sobre mí pero sin público al que enternecer.
Apoyo el mentón en ambas manos, me hundo en mi peor ánimo y me doy lástima a mí misma por pensar poco o mal o a destiempo, como casi siempre. Comienzan a rodar algunas lágrimas de victimismo, atraídas por la misma ley que atrae hacia abajo cualquier otro tipo de lágrima, cuando el instinto reptiliano se pone en pie súbitamente: ¿ha sido eso un ruido en la hojarasca? No, ya hemos dicho que lobos no hay. Será una ardilla, o cualquier otro animal. Fijo la vista pero es inútil porque todo es del mismo color: el de un bosque en noche de luna nueva. Y otra vez el ruido. Ahora parecía algo más cerca. El tambor de mi corazón redobla a la desesperada, regado por un chorro extra de noradrenalina y cortisol. Respiración baja, condesa; total, igual tu destino no era tan digno como soñaste, sino morir degollada por un loco en medio de un bosque catalán, o acaso comida a dentelladas por un jabalí poco solidario con las especies bípedas. Moriría sin batería y sin cobertura, pienso.
Otra dosis de cortisol llega esta vez al oído al distinguirse un nuevo sonido: claramente, el de pasos sobre la hojarasca. Ya no hay duda. Me convierto toda yo en un signo de exclamación gigante.
-Buenas –dice Condo, aproximándose a mi pino.
-Vaya, ya me extrañaba a mí... –miento, preguntándome si es mayor la sorpresa o el alivio.
Se para a poca distancia porque algo ha captado su atención en el suelo. Se agacha, escarba con cuidado, creo que recoge algo y continúa su paso hacia mi pino.
-¿Qué es eso?
-¡Un rovellón o níscalo! –responde él, contentísimo de su hallazgo-. ¡Están buenísimos a la plancha! ¡Sobre todo con ajo y perejil!
La gastronomía es, justamente, el tema que más suele interesarme cuando me pierdo en un bosque sin luna y sin cobertura, ¿cómo lo sabrá?
-Pero pareces algo consternada, condesa.
-Psé, qué quiere que le diga –respondo en tono de indiferencia.
-No me lo digas, a ver si adivino: te has perdido otra vez.
Pasaré por alto eso de “otra vez”, aunque en el resto habré de darle la razón.
-Bueno... perdida... En cierto modo sí.
Se ríe sin pudor alguno.
-¡Ja ja ja! ¡En cierto modo, dice! ¡Ja ja ja! Perderte es tu metáfora preferida, ¡ja ja!
-¿Cómo sabe que es un rovellón? ¿También entiende de setas? Tenga cuidado, no sea una Amanita Phalloides o algo así –digo con cierto resentimiento por su poca sensibilidad. Como si él pudiera morir por una seta venenosa. Replica:
-¡Ja ja, tú sí que estás hecha una buena amanita! Ahora en serio: la Amanita Phalloides, conocida vulgarmente como hongo de la muerte, se distingue por un anillo en su base que no se encuentra en ningún hongo comestible. Sus toxinas dañan seriamente el hígado, riñón y el sistema nervioso central, causando entre otros edema cerebral, sepsis, colapso cardiovascular, etcétera.
-Ya, pero usted es invulnerable, ya lo sé.
Su expresión se pone momentáneamente más seria.
-Mujer, la amanita no es necesariamente letal pero, si yo pudiera morir y elegir la forma, preferiría hacerlo de otro modo y no por un atracón de setas. Pero ahora en serio, ¿qué se te ha perdido a tí en este bosque?
-Me he equivocado de lugar –respondo con más humildad que antes.
-Bueno, eso salta a la vista, ¡ja ja!
A estas alturas ya le perdono casi cualquier broma. No me sacará de aquí porque sus trucos para desaparecer le sirven sólo a él, pero al menos hay con quien charlar un rato.
-Y en esta casa no hay nadie a quien preguntar -añado, señalando con la cabeza.
-Hum –mira Condo hacia una ventana oscura-. Pues yo diría que sí está habitada.
No le comprendo, pero distingo sus tonos y eso lo ha dicho de verdad. Miro a mi vez hacia la ventana, pero no veo nada distinto de antes.
-Si insistes te abrirá alguien -asegura.
-¿Lo dice en serio? –me asombro.
-Totalmente.
Miro de nuevo hacia la casa.
-Pero antes ya he...
Acaba de desaparecer dejándome sumida entre la espesura y la incertidumbre. Sin él a veces el contraste con el vacío es tremendo, gigantesco.
Me acerco de nuevo a la puerta y la vuelvo a golpear. Esta vez se enciende una luz arriba. La ventana se abre y desde su interior aparece una cabeza, que dice:
-¿Quién eres?
No me lo puedo creer: Condo tenía razón.
-Iba a... a un... no sé dónde exactamente, debe ser cerca... –balbuceo por toda explicación enfocando la cabeza hacia lo alto.
-A esa casa donde hacen cursos de cosas raras, ¿no? –dice la cabeza.
-Pues... sí.
Me quedo mirando la cara mal iluminada de ahí arriba. Es un hombre de mediana edad, creo que lleva gafas, pero no se vé muy bien. Tras mi respuesta, no dice nada. Parecería que aquí acabe la historia de la humanidad y vayan a aparecer en algún sitio las palabras The End, como en esas películas en que es el espectador quien ha de aventurar el final. Yo tampoco sé qué más decir.
-No, no está tan cerca. ¿Vas a pie? –pregunta sin ninguna prisa.
-Sí.
-Pues a pie tienes un buen rato hasta ahí –dice el hombre.
Pues sí que me ayuda el saber esto.
Y nada otra vez. Me estoy hartando de este diálogo tan parco e infructuoso: si mis congéneres son así de fraternales, la soledad absoluta no era peor que esto. ¿Habrá leído este hombre el cuento de la Caperucita? Probaré suerte añadiendo un tema nuevo:
-He intentado llamar, pero no hay cobertura…
-No, aquí no hay cobertura.
Transcurren varios milenios más.
-Pasa, si quieres, y llama desde aquí –dice al fín.
¿Si quiero, ha dicho? Baja a abrirme. Tendrá unos treinta y cinco años, de complexión media, gafas de miope, tejanos, calzado deportivo. No parece demasiado simpático, la verdad. Sube las escaleras delante de mí, y llegamos a un salón muy amplio, con chimenea, decorado en el estilo en que decoran la mayoría de solteros sus viviendas. Hay un pastor alemán tendido en el centro, que se levanta perezosamente para saber quién viene con su dueño.
-Ahí tienes el teléfono –indica, para añadir a continuación-: Yo ahora estoy cenando, si esperas a que termine te llevo yo.
-Ay, pues muchas gracias.
Hago algunas llamadas, pero nadie contesta. ¿Dónde se habrán metido todos? Finalmente obtengo una respuesta, hablo con la hija de Elisabet, una de mis compañeras.
-No, mamá no está, y además se ha olvidado su móvil aquí.
-¿Sabes si ha venido al encuentro de yoga?
-No, ha ido a cenar fuera. Irá allá mañana, dijo.
Cuelgo y vuelvo al salón, algo desanimada.
-Siéntate por ahí –dice el hombre que cena-. ¿Te da miedo el perro?
-No, al contrario –digo aceptando los olisqueos del pastor alemán y acariciando su cabezota.
-Se llama Nix, es hembra.
¿Qué hago yo en pleno bosque, en casa de un desconocido que cena tranquilamente mientras yo le miro, a él y a su perro mitológico?
El hombre mastica un bocado de sandwich. Al terminar de hacerlo, dice:
-Soy escritor.
-¿De veras?
-Bueno, de día trabajo en el matadero del pueblo, y el resto de horas soy escritor. Esta casa la heredé de mi abuelo, pero aún no he terminado de arreglarla. ¿Quieres una cerveza?
-No, muchas gracias.
Luego el escritor me explica que no soy la primera persona que se pierde buscando esa casa de colonias. Tras el último bocado, se levanta y coge unas llaves de la mesita de centro.
-Anda, ven, te llevo en mi coche.
-Así que escribes –apunto para amenizar un poco el trayecto.
-Sí, una novela, aunque he publicado cuentos cortos. Otro rollo.
¿Le pregunto de qué trata la novela? Es la pregunta más absurda que se puede hacer a un escritor.
-Y tu novela ¿de qué va?
Sin apartar la vista del camino, contesta:
-Va… Bueno, es la nieta de una condesa que de vez en cuando habla con un personaje algo extraño. Voy casi por la mitad.
-Ah.
Y me dejó ante la casa, pero en aquella sí había luz. Llamé a la puerta y supe que esta vez sí me abrirían a la primera, pues mis compañeros estaban dentro. Les oí reir.
(FIN)
ago-06
modif oct-2007
modif. jun-2009

13. Condo al teléfono

Es cierto que una vez, hace mucho tiempo, había escrito algunas colaboraciones en una revista de temas de salud alternativa, pero la novela era otra cosa muy distinta. Fue precisamente el jefe de redacción de aquella publicación quien me dijo “Tú tendrías que escribir una novela”. Entonces no le había hecho ningún caso, porque era buen tipo pero –según mi parecer- demasiado joven para opinar.

El libro que intento escribir hace tiempo trata de una mujer de casi sesenta años, Elisa, que regularmente, como medida terapéutica prescrita por el psiquiatra que la atendió durante una larga depresión hacía muchos años, comenzó a escribir cartas al hijo que había abortado de muy joven. Dejó de medicarse poco después, pero le cogió el gusto y continuó escribiéndole hasta convertirse en una costumbre. Cada vez que lo hace cierra la carta en un sobre, pone en él el nombre de su hijo, Abel, y la echa sin añadir ninguna dirección en cualquier buzón de correos (esto no era indicación del médico, sino una ocurrencia suya).

Este fin de semana he venido al pueblo, a la casa que me dejó mi padre en un pueblo del interior que no ha crecido tanto como los demás. A pesar de lo que me gusta el campo, no vengo mucho porque está demasiado lejos, y porque está dejada: es una casa sin vida, con la melancolía por único habitante, y cuando voy tengo la sensación como de estar de más en ella. porque la habitan un silencio espeso y un agrio olor a vigas carcomidas. Lo bueno que tiene es este gran ventanal del comedor.

Llevo buena parte de la mañana intentando escribir, pero no puedo concentrarme. Hay dos tipos de escritores: los que dependen de las musas y los que no. Según estos últimos, el hambre viene comiendo; es decir, se trata de disciplina, de ponerse aún sin ganas, y algo sale. Si es con un café quizá salga antes.

Tras sentarme con la taza delante de mí, me he quedado pensando en una entrevista que había leído hacía poco, donde un escritor muy conocido recomienda escribir como si ya estuvieras muerto y nada importara. O algo así. Si escribir es como parir, a veces hay como dolor de contracciones, eso es lo único que sé. Pero imaginarse muerto es otra cosa bien distinta. Qué duro es todo esto, ¿por qué me habré metido ahí? Y lo peor: ¿por qué continúo ahí? El único que conozco que me entiende un poco es Condo, porque él no solo escribe sino que, además, publica. Vete a saber cuántos siglos hace que publicó lo primero. ¿De qué trataría?

Se oye un ladrido lejano y el tiempo se para sintonizado: la película de mi vida ha pasado a resumirse en una escena paisajística con las montañas del horizonte y el ladrido de aquel perro por toda banda sonora. Una película lenta como las de Angelópoulos. En algún lugar de mí se efectúa una especie de defrag mientras repaso la curva de las montañas con un dedo imaginario que no hace falta ni levantar: una cadena de cumbres lejanas en gris, la de enfrente de un gris azulado más oscuro, la siguiente en proximidad entre azul y verde. Y el perro.

Suena el móvil.

-¿Qué tal, condesa?

-Hombre, hablando del papa de Roma...

-¿Pensabas en mí? Cuánto honor –bromea Condo.

-Estaba intentando escribir –informo.

-Oye –él siempre a su bola-, ¿tú sabes si el tomillo necesita mucha agua?

Es un caso. Igual desaparece durante días y días y luego llama para preguntar sobre el tomillo. Sabe de todo menos de cosas prácticas.

-Pues... creo que no mucha.

-Así que estás inspirada, ¿eh? –dice-. Pues nada, no interrumpo más...

-Condo, espere...

-Diga usted.

-¿Para qué se escribe?

-Pues para encontrar al lector. ¿Es que no recuerdas lo que conté en aquella memorable conferencia mía? A veces uno basta, si sabe dimensionar lo que el autor pretendió exorcizar o perder de vista.

-¿Y por qué se sufre tanto escribiendo?

-Bueno, la literatura es una forma de inocular en otro un sufrimiento, una sorpresa, un hallazgo. Un modo de transformar heridas en creatividad, de vengarte sin ir a la cárcel. La venganza se sirve fría, no lo olvides. ¿Entiendes?

-No del todo –confieso-, ya sabe que soy un poco lenta.

-¿Qué es exactamente lo que temes?

Me avergüenza decirlo, pero con él no hay más remedio porque si conecta la telepatía será peor.

-Que la novela acabe sustituyendo al párroco tras el confesionario. Algo así.

-Ah, es eso... –dice Condo al otro lado-. Pues te daré una pista, hoy me pillas generoso, ¡ja ja! Verás, de la vida se extraen personajes y esos personajes se transforman en palabras, pero a su vez esas palabras contadas en un libro configuran un nuevo personaje con su propia alma, con su propia carne, su propia lógica... La literatura es un ejercicio de distancia, de disociación, de dislocación, tu puedes hablar de lo que quieras a través de un personaje pero no a través de ti siempre que esa narración represente una especie de transgresión respecto a la historia en sí. ¿Me sigues?

-Sí –digo para mí misma aunque no muy convencida.

-El proceso creativo –continúa la voz de Condomina, embalado- es precisamente la posibilidad de reinterpretar el mundo desde el otro lado, y eso es algo que no se hace desde la nada.

La nada. La Historia Interminable. El niño que se lee a sí mismo leyendo, la...

-¿Usted cree que está mal escribir sobre alguien que escribe?

-No se trata de mal o bien, condesa. Es inevitable que las personas seamos una novela, un proyecto, y también es usual que seamos el proyecto, la novela de otros.

-O sea –pienso en voz alta-, que quizá a nosotros también nos escriben.

-Podría ser. Pero recuerda: escribir una novela es también, de alguna manera, reconstruir una historia, darle un sentido renovado... pero moldeado a tu gusto sin que nadie note nunca la diferencia.

-Ya...

-Lo que debes evitar siempre es querer hacer literatura. No hay literatura: hay lo verdadero y nada más –sentencia-. No escribas para nadie, ni siquiera para ti misma, escribe como si le escribieras a Dios, hazme caso. Escribir nada tiene que ver con lo verbal, aunque lo verbal sea tomado como pretexto para acercarse al nudo de la trama, pero se trata de un lenguaje que no está en la lengua sino en la mano, es la mano la que recoge los esputos que salen de la boca y los pone en otra clave.

-Sí, a veces me ocurre.

-¿El qué?

-Que escribo cosas que no sé de dónde salen, como si la mano escribiera sola, como si...

-Pues eso no hay que retocarlo nunca, hay que dejarlo así, esas cosas son como pequeñas joyas en bruto.

Cómo me conoce, sabe que soy muy dada a retocar, y eso que no ha leído nada mío. Suspiro.

-Gracias, tomaré nota de todo esto... Páselo bien, Condo –me despido, pensativa.

-Hasta pronto.

Las montañas siguen ahí al fondo del ventanal pero el perro ha dejado de ladrar. Entonces he pensado "Bien, soy Elisa y escribo para Dios", y he visto cómo la mano se ha puesto a escribir a Abel en medio de un vacío terrible, sin pensamientos ni deseos:

“Y sin embargo ¿qué es eso que se busca, para lo que aún no se ha inventado la palabra correcta, y que se sabe que no se encontrará?

A veces está en una paloma muerta bajo el sol, otras veces junto a la oreja de una dependienta de supermercado. Donde seguro que no está es lejos, Abel, ni junto al farol de aquel cuento que te conté una vez. Puede estar en cualquier parte y yo me pasé la vida buscándolo erróneamente en una mirada, escrutando siempre más allá de todas las pupilas, por si acaso. Y, como entonces era muy ingenua (o aquella era una necesidad demasiado apremiante, demasiado ardiente, como son muchas cosas cuando se es joven) solía verlo enseguida, lo veía aunque no estuviera ahí, lo he visto alocadamente en muchos ojos, en muchos tactos y susurros. Pero no estaba, en realidad no estaba más que en mi deseo.

Buscaba algo que haya sido sentido, más que al sintiente (aunque también, porque si hubiera encontrado al sintiente, entonces..), una especie de reflejo, una intuición, un más allá de lo tolerado, una herida insuperable. Buscaba la rabia incontestable de la finitud, del conocimiento, la aceptación seguida de la angustia, seguida de otra aceptación sin nombre, la magulladura de la cadena que ata a la eterna trampa, un estigma, ¿comprendes, Abel? Lo que buscaba, con la desesperanza del indigente que busca algo comestible en un vertedero, era otro desasosiego que comprender, aunque fuera paralelo y jamás se fuera a encontrar con el mío sino en la urdimbre de lo irremediable, en la sed de compaginación. Lo buscaba en unos ojos o una caricia aguada, no importaba que pareciera aguada si decía lo que debía decir, en cualquier cosa que se pudiera pensar luego con palabras que se pudieran rebobinar y evocarlas más tarde para mantener la calma en el ojo del volcán. Buscaba un instante de aterramiento parecido al mío o mínimamente similar, un miedo al vacío saltado limpiamente con una pértiga hecha de sílabas inventadas sólo para mí, un intento anacrónico de deshacer el maleficio con el lenguaje. Porque, sino, ¿para qué nos han sido dadas las palabras, hijo, sino para estropearlas por el uso y luego comprar otras nuevas? Y siempre que lo encontraba me decía "ahora sí", pero nunca era, los nombres acababan deslizándose inevitablemente en un vacío demoledor. Lo que menos podía imaginar era que no lo encontraría en unos ojos sino en un verso, en un suspiro mudo. Y cuando lo encontré me dije otra vez "ahora sí", pero entonces lloré lágrimas de oro rojo porque ya era tarde.”

sep-06

modif oct-2007

12. Condo al microscopio

Huele a laboratorio, a formol, y es que realmente es un laboratorio. Varios microscopios esperan en fila, desperezándose de su sueño para el evento. Teóricamente no debería estar aquí, pero nunca es tarde.

En la introducción, Irene, en bata blanca, explica dónde están repartidos los tejidos de la médula, dónde los cromosomas, y seguidamente su ayudante Marta hace de guía al pequeño grupito.

Cuando se acomoda los ojos al binóculo, la percepción toma otras dimensiones y la existencia queda reducida a un campo visual redondo. Fuera de ese círculo no hay luz ni universo, sólo la nada. Una pantalla de cine minúscula y circular. Dentro de ella posan, muertas hace tiempo, algunas neuronas.

-¿Cuáles son las astas ventrales? –oigo a Marta en el microscopio de al lado.

-Pues... –contesta Javier, a pocos metros de mí.

-Las ventrales se distinguen por ese surco entre ellas, ¿lo ves?

-Ah, sí.

Dejo de escucharles para acomodar mejor mi vista a la del aparato electrónico etiquetado 1000X. Mil veces adentrada en la realidad. Pruebo cerrando un ojo para contemplar ese universo que nunca imaginó llegar a ser visto, un cosmos liliputiense de habitantes autóctonos, amplificados por la técnica para que podamos ver sus cientos de ramas diseñadas por el Gran Programa. Un universo en una millonésima de trillonésima de gotita.

-Un gran invento –dice una voz de hombre muy cerca, junto a mi hombro derecho. Miro un momento afuera de ese mundo interior.

-Me extrañaba a mí que no estuviera usted por aquí, Condo.

-Vuelve a mirar, anda, que te mostraré algo más –ordena.

-Neuronas piramidales –digo-. ¡Pues sí que tiene capas el córtex, es fascinante!

-Seis, una debajo de otra, ordenaditas como Dios manda.

Salgo de nuevo a la realidad de fuera, como el buzo que sale a la superficie a respirar.

-Pero la conciencia no la veo –observo.

Ahora me fijo que se ha puesto bata blanca, igual que la de Irene. “Espera”, dice, mientras trastea con el cristalito del objetivo y lo saca; luego saca algo del bolsillo: es otro cristalito igual que aquel. Es como Correcaminos, que siempre tenía a mano lo que necesitaba aunque estuviera en medio del desierto, todo marca Acme.

-Le queda bien la bata –digo.

-Sí, casi tan bien como a mi hermano.

-¿El de la Seguridad Social? ¿Cómo es?

-Sí, ya te he hablado de él alguna vez. Es algo menor que yo. Y va más de guays que yo -dice como si hablara del tiempo, mientras acomoda el nuevo cristalito en el lugar donde estaba el otro.

-¿Qué hace, Condo?

-Es que lo que estabas viendo era de rata, ¿no lo has oído? Aquí hay algo de verdad –me mira misteriosamente-. Algo auténtico.

-¿Qué es?

-Lo que hace tiempo sueñas en ver. Anda, condesa, mira ahora –pide.

No me atrevo ni a pensarlo, pero conoce todos mis deseos. O casi todos.

Me sumerjo otra vez en ese universo, también es redondo y luminoso, como el de antes, sólo que la luz es distinta y el paisaje es diferente del anterior. Ahí dentro hay coros, voces puras flotando en el cosmos, acordes visibles de millones de colores, hay más cosas de las que pueden ser vistas, hay sinestesia de formas impensables y movimientos nunca imaginados.

-¿Qué ves? –oigo a mi espalda.

Quiero hablar pero las palabras no me salen de la garganta, encalladas ante tanta ramificación de ramificaciones en continuo proceso. ¿De qué? Esto está vivo. Un árbol del paraíso extendiendo billones de ramas como si se desperezara al sol, otro más allá, la exhuberancia en pleno disfrute de la determinación, mónadas que conforman trozos de tiempo dialogantes, hilillos dirigiéndose hacia sitios invisibles como si supieran el camino antes de recorrerlo y también el porqué de ese camino y no otro. Se trata de una luz de una naturaleza distinta a aquella a la que nos han enseñado a llamar luz. No puedo apartar los ojos de ahí, temo perder este sentido del todo, un sentido que no cabe ni ahí ni –ahora lo comprendo- tampoco cabrá nunca en una sola mente.

-La conciencia, la mente, el alma... La vida en clave fractal. Considérate afortunada, condesa.

Sigo mirando mientras me entrego a esta orgía en que los sentidos pretenden tejerse uno con otro y es difícil distinguir qué se oye ahí dentro, qué se ve y que se huele: es la percepción y sus misterios casi hechos comprensión, una borrachera privada de...

-¿Qué es la conciencia, Condo? ¿y la mente? ¿y la vida? ¿qué hace que estas...?

-Demasiadas preguntas para una clase, condesa –dice con las manos en los bolsillos de la bata- pero imagina una sartén e imagínate el aceite que la toca, que la cubre del todo. El aceite, aún una gota, tenderá a extenderse para ocupar todo ese espacio, ¿no?, pero hace falta una masa crítica de aceite para cubrir todo el suelo de la sartén.

El binóculo me atrae irremediablemente, deseo violar ese mundo de nuevo y grabar cada matiz en una memoria histórica que no pudiera borrarse jamás. Hay átomos jugando a formar hileras, deben ser átomos porque es luz, puntitos de luz inteligentes que danzan sabiendo que su sola estructura basta para darle un sentido fatal a lo inmenso, hay luz por todas partes siguiendo un orden, un... ¡oh, Dios! hay algo más ahí, algo que no estoy viendo con los ojos pero que tiene entidad propia y supera a la de esos puntitos...

-Pues bien –continúa la voz de Condo justo detrás de mí-, la sartén sería la mente y el aceite la conciencia. El objetivo es que el aceite cubra toda la mente para poder así freir algo. No toda la mente es conciencia, porque ahí habitan los sueños, el inconsciente y los automatismos.

-¡La mente está por todo el cuerpo! ¡aquí se ve claro que es así! Aquí... ¡oh, Condo! ¡Condo! ¡Es...

Surjo otra vez como el buzo a la superficie, al espacio donde se halla mi cuerpo de verdad, y en él mis sentidos. Él sigue explicando:

-Bueno, hay algunos que lo dicen así, sobre todo desde que se descubrió en el intestino algunos péptidos que se creían propiedad exclusiva del cerebro, como la hormona del crecimiento.

-¿Está diciendo que el intestino también es inteligente? ¿qué la conciencia...?

-Yo no lo diría así, aunque es cierto que una molécula que desempeña cierta función puede ser desempeñar otra muy distinta en un lugar y un tiempo diferentes del mismo cuerpo. Quizá ahora entiendas eso que técnicamente llaman plasticidad: una maravilla total.

No sé cuánto tiempo ha transcurrido (Condo tiene la virtud, o el defecto, de desvirtuar el tiempo), pero de pronto me doy cuenta de que los demás han debido marchar del laboratorio hace rato, nos hemos quedado solos. Me siento en el taburete, intentando asimilar lo que oigo:

-Siga, por favor -pido.

-La conciencia es el estado vigil pero va más allá –explica-: se trata de una extensión del estado vigil; de lo que se trata es de alcanzar a los sueños, el inconsciente y los automatismos. Extender o expandir la conciencia y alcanzar así a todo lo que hay en el incosciente de amenazante, peligroso o temido y que forma la trama de los sueños: ese es el reto individual del hombre, eso que Jung llamaba individuación y que yo prefiero llamar "conciencia extendida".

-No es la mente lo que se expande, sino la conciencia... –me resumo a mí misma.

-De hecho algunos autores han propuesto olvidarse de la palabra mente que puede ser común a todos los organismos vivos, y reemplazar este concepto por el de conciencia.

-Pero entonces ¿el cerebro..?

-Oh, el cerebro no es mas que un grumo de lípidos flotando en agua.

-Pues tiene un diseño muy guay –digo.

-Sí –concede Condo-, pero conocemos a través de la mente, que es inmaterial, y sin cuya ayuda el cerebro no podría conocer nada. En realidad el cerebro sólo conoce cuando sueña, alucina, o percibe; pero no creas, el pobre es tontorrón, no interpreta ni los datos que le vienen de dentro ni los que le vienen de fuera, porque para interpretar algo hay que conocer el idioma, el código en que suceden ese tipo de cosas.

-Y eso es la mente. O la conciencia –digo.

Llaman a la puerta. Asoma la cabeza un bedel de grandes bigotes, me dice que es tarde, que debo marchar. Me lo dice a mí sola, claro. Le contesto que enseguida recojo y vuelve a cerrar la puerta tras él.

-La mente es una gran metáfora, condesa –resume Condo mientras me pongo la chaqueta-: una metáfora especializada en construir más metáforas, una fractal. Es ella quien conoce quien interpreta, quien sabe, pero sí, ya te digo: más que la mente yo diría que es la conciencia, pues es ella la guardiana de los códigos sociales, culturales e incluso psicológicos del individuo. La primera herramienta de conocimiento de la mente.

-¿Hay otras?

-Bueno, la más primitiva e intuitiva es la empatía. La empatía es algo muy parecido al apego, y el apego está químicamente determinado por cosas como la oxitocina, la serotonina y demás; es decir, se soporta sobre varios circuitos químicos, pero lo que es una herramienta de conocimiento no son esas hormonas sino la empatía, que vendría a ser el resultado de convertir matrices primitivas en algo más complicado, una vuelta más de tuerca.

Condo ha dicho esto último recogiendo el cristalito, se lo pone en el bolsillo y vuelve a dejar en el microscopio el que había antes. Sé que ha llegado la hora de irme. Él desaparecerá luego, o se quedará pensando, o vete a saber qué.

-No dirás nunca a nadie lo que has visto –dice, con una expresión tan severa que me asombra.

-La conciencia no la he visto, no sé qué forma tiene –me quejo.

Condo suspira, y dice a media sonrisa:

-Pues claro que la has visto, pero te resistes a creerlo. Y la mía. ¿Te parece poco honor?

Salgo del edificio pensando que lo mágico sí existe. Fuera ha anochecido y hace mucho viento, muchísimo. Tardaría días en estar segura de que no fue un sueño, de que realmente había visto lo más oculto de Condo.

(ene-2007)
modif oct-2007