02 marzo 2009

Condo y la gincana musulmana

Nota: se recomienda empezar por cualquier otro capítulo menos por este, que es el último.


Un sábado por la mañana, en la pescadería del mercado, oigo el sonido de un mensaje en el móvil. El remitente es “Condo”. Mientras Pili me corta unas rodajas de rojo atún en mi grosor preferido, leo:

“Espero que te gusten las gincanas. Atenta al próximo mensaje. Condo.”

Claro que me gustaban las gincanas. En realidad me fascinaban. Las gincanas, junto al juego de la Oca, me parecían el símbolo más paralelo a la vida, una acertada metáfora de que el tiempo –y la luz- sólo viajan hacia delante aunque lo hagan en saltos, en quantos. Por eso me acordé de Max Plank en la pescadería mientras Pili cortaba el atún y yo leía el mensaje en mi móvil, todo a la vez. El misterio que se va desvelando de pista en pista era, pues, el motivo de que las gincanas me fascinaran: el placer de una revelación en tramos que anticipan la revelación final y deslumbradora pero a trocitos, a dosis digeribles con pausas entre ellos para la publicidad y para sonarse. Algo parecido –suponía- a lo que debe sentir un hombre al ver desnudarse a una mujer en lentísima voluptuosidad.

Después del mercado de mi barrio, tenía previsto buscar una carnicería árabe. Hacía meses que una amiga casada con un libanés me había hablado de la carne “halal”. Parecía evidente lo que había leído años atrás en una revista esotérica: cuando comemos carne, nos comemos también el miedo que el animal pasó en la cola del matadero. Hubieron de transcurrir bastantes años más para que comprendiera que ese miedo se llamaba adrenalina y cortisol, que dejan el músculo tenso. Si la gente supiera más del terror a morir –había pensado- nadie comería carne. Maribel me confirmó con su explicación que el hecho de que la muerte de los corderos musulmanes ocurra en un dulce sopor hace que su carne deje el mundo en forma mucho más tierna; como mucho, lo que uno ingiere entonces es un profundo y agradable sueño.

Y, tras aplazarlo varios sábados, había elegido justamente aquel para ir en busca de una carnicería árabe.

Desde la calle llamé a Mohammed.

-Oye, Mohammed, ¿tú no conocerás alguna carnicería árabe?

-¿Carnicería árabe? Sí, varias, pero… A ver, es que no sé exactamente la calle… -dijo el marroquí rascándose la cabeza-. Si vas al Raval ahí hay muchas, si bajas por… y tuerces a la derecha, tú pregunta por ahí.

De modo que encaminé mis pasos hacia la zona amorfa de la ciudad con más concentración de residentes árabes pero sin ningún plano ni dirección bien dibujados en la cabeza. Ya no me sorprendió mucho recibir otro SMS de Condo en que se hacía evidente que ese día estaba bien conectado con mis planes. Leo:

“Hacia el suroeste te guiará la pequeña mano negra”

Me encantaban estos acertijos. En Condo había tanto misterio que ese juego le encajaba muy bien. Pero le conocía y sabía que tras ese juego había algo importante, algo que tenía que ver con otra búsqueda. Con la verdadera.

Caminé hacia el suroeste por el primer callejón que me ofreció el juego, callejones de persianas enrolladas en los balcones y de vez en cuando un olor a jazmín que ignoraba de dónde venía. Unos niños marroquíes jugaban en una pequeña plazoleta. Ahí me detuve, pues me encontraba en una minúscula encrucijada de tres nuevos callejones. Miré alrededor: aparte de los niños y su balón, había una peluquería con un solo cliente árabe, más allá unas frutas expuestas en el exterior de un humilde comercio. Y nada más. Pero entonces, como tatuado sobre la piedra de una de las esquinas, ví un pequeño dibujo negro. Aunque algo desdibujado por los eones, se reconocía en él un puño con el índice extendido. Era eso, pensé. Y seguí la señal del dedo sin dudarlo un momento.

Tras varios minutos de andar, recibí otra pista más desde el móvil de Condo:

“Busca Halal y pregunta por la quinta tienda. Ya estás cerca”

¿Cómo sabría Condo que hoy quería comprar carne halal? Gracias a mi amiga sabía que esa palabra era la garantía de que el animal había sido sacrificado debidamente. Sigo caminando, caminando, caminando, por callejones en los que jamás había estado y que parecían estrecharse a medida que me iba adentrando en ellos. Tanto caminé que llegué a la misma Persia y, una vez en ella, no creí transgresión el preguntar algo por mi cuenta al primer mercader que vieran mis (...)

(continuará)

18 octubre 2007

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03 octubre 2007

9. Condo introspectivo

EN REVISION

25 septiembre 2007

7. Condo y la condesa, mayo del 68

Me extrañó mucho recibir un SMS de Condo, no le hacía a la tecnología moderna. En la sala de espera del analista de sangre, miro y leo


HOT.IMPERIAL 20:00., LUEGO CENA EN REST. DONDE SE PUEDA FUMAR


Admití para mis adentros que es un pozo de sorpresas, pero tenía mucho que hacer y no volví a pensar en ello hasta media tarde.

El taxi me deja en la puerta del hotel. Entro preguntándome cómo le encontraré. En el amplio vestíbulo me acerco a leer de cerca un gran cartel en un caballete: “Hoy: Conferencia sobre Literatura Terapéutica” y los datos sobre la sala de convenciones, el piso y la hora. Es a las ocho y faltan tres minutos. No hay duda de que será aquí, pienso. Pero Condo parecía estar alerta y le veo acercarse desde lejos.

-Sí, condesa, es esto. Anda, ven, que es la hora –dice, haciéndome subir con él una amplia escalinata y entrar con él en una sala de doble puerta.

-Pero... ¿qué...?

Me explica en palabras apresuradas que hoy va de ponente literario, apenas tengo tiempo de alzar las cejas mientras entramos. Superando las rodillas encogidas de otros dos asistentes, me acomodo algo precipitadamente en una silla mientras Condo continúa el paso hacia la zona del estrado. Sentados a una mesa cubierta de un sobrio mantel azul marino, distingo a un par de escritores conocidos y un periodista-escritor en auge, Condo cruza unos susurros con ellos. ¿Hablará él también? Tardo poco en saberlo, porque se sienta justamente en la silla que los demás han dejado para él en el centro de la mesa y ya está golpeando ligeramente su micrófono para comprobar que funciona. Mi sorpresa aumenta cuando me doy cuenta de que realmente es él quien dirige el cotarro.

Son las ocho y un minuto cuando acciona un portátil conectado a un proyector de cañón, y se ilumina en la pantalla la primera diapositiva de una presentación en Powerpoint que contiene un decálogo de normas para escribir. ¿Tendrá ya terminada su obra maestra? Ah, pero no seré yo quien se lo pregunte.

Al principio habla de la escritura como oficio: cuenta ante un silencio sepulcral que se escribe para exorcizar, para curarse, habla de catarsis y de un montón de cosas que me dejan extasiada, sobre todo porque justamente estos días me estaba preguntando para qué escribir. ¿Cómo lo habrá sabido?

Desarrolla, una a una, cada una de sus leyes personales. En una de ellas, la número cuatro, explica que cuando el sentido de un libro ha caducado se lo puede quemar sin escrúpulos. Algunos oyentes le hacen discretas objeciones y preguntas que resuelve quizá algo dogmáticamente, pero es su aire, el que va con él. De lo demás que dijo, lo que mejor recuerdo es que la ambigüedad en la narración permite al lector generar su propia conclusión. Añade que Cortázar a eso le llamaba hacer un guiño al lector, ayudarle a cruzar el puente. Al decir eso ha cruzado su mirada con la mía en un instante imperceptible para los demás.

Una hora y cuarto después termina la sesión. Aplausos, elogios mútuos, bipedestación de los oyentes entre murmullos de ropas levantándose, estrechamientos de manos sonrisa incluída (unas sinceras, otras menos) y poco a poco se vacía la sala.

-Me ha encantado, Condo, me ha impresionado usted, de verdad –digo mientras salimos.

-Soy listísimo, ¿eh? –pregunta satisfecho-. Pues nada, ahora una cenita para celebrar el éxito. ¿A dónde me llevas?

Entramos en un palacete renacentista, subimos otra escalera -ésta de piedra- y elegimos mesa junto al único balcón. Me irían bien algunos consejos más para mi novela, pero...

-¿Y qué?, ¿cómo va tu novela? –se interesa, dejando su Camel sobre la mesa y buscando el encendedor.

Levanto los hombros, pero unas palabras no estarían de más.

-Psé, parada. Pero no quiero hablar de ello, antes debo digerir su sabio decálogo -he intentado desviar el tema pero no sale bien.

-Debes quitarte de encima esa humildad paralizante que te coarta, condesa –indica-. Primero que nada tienes que creértelo tu misma que eres un genio, sino no saldrá nada. Tienes la autoestima herida de muerte pero lo conseguirás, sí.

Él siempre tan sutil.

-¿Cambiamos de tema, si no le importa?

-¡Ja, ja! Tu madre otra cosa no, pero de educar te educó bien –dice mirando la carta-. Oye, ¿Rioja o Ribera?

Parece animado, satisfecho de sí mismo y de la conferencia. Y es que él no tiene problemas de autoestima. Y yo no sé para qué escribo, ni para quién, ni por qué ni cómo empecé. Escribir, coinciden muchos escritores, es más una necesidad que un oficio. Se nace con esa necesidad o sin ella y eso es todo. “Pero es un tema trillado, Condo”. Soy de los que comenzó a escribir en la infancia, luego pasé por la imprescindible fase poética, y más tarde decidí que hasta los cuarenta no puede hacerse nada que valga la pena, pero esos cuarenta ya están casi aquí.

-Bah, yo también escribía poemas –murmura Condo con displicencia, mientras sigue leyendo la carta tras las gafas-, pero eso lo hemos hecho todos.

Después de cenar, vamos a mi sitio preferido para una copa, donde se escucha música barroca en otro palacete gótico: mi templo privado para un long-drink, donde un leve olor a incienso se pierde en su camino a techos altísimos (incienso que además Condo no olerá por su rinitis) y decoración estilo horror vacui: fruteros llenos, bustos de dioses romanos, pesados tapices, oscuros y enormes cuadros de la escuela holandesa del XVII, alacenas de roble con animales disecados, cosas así. O sea, el sitio más agradable para un artista, donde el espacio es tan amplio que ensancha el alma; el ambiente, tan sedante que, en cuanto uno se sienta ahí, las memorias se aposentan y expanden como el cuerpo de un gato frente a una chimenea; y la penumbra, la justa para ser llevado a terrenos que están medio aquí, medio allá: como Condomina, que tiene un pié en varios lados del arte y toca seis instrumentos.

-¡Aaahh, magnífico, Vivaldi! Concierto en La menor para oboe y cuerda, éste lo toqué en… –dice, acomodándose en un sofá Luis XV tapizado en verde. ¿Se ha levantado la levita antes de sentarse o ha sido una alucinación mía? Realmente, este concierto le transporta a uno al dieciocho instantáneamente.

Pedimos al camarero, él un cubata de ron y yo un whisky con agua, y Condo continúa en tono alegre:

-En cambio Bach era un funcionario, un advenedizo que hizo carrera política en una de las cortes más corruptas de su época, pero vivió casi 72 años el tío, tuvo doce hijos vivos y revolucionó la música resumiendo el Barroco en su obra.

-Qué genes –balbuceo admirada.

-Pues ahora que lo dices, ningún hijo heredó su talento –explica Condo, que es como una enciclopedia viviente-. Incluso se reconstruyó su genoma y se intentó buscar sus genes en la Leipzig actual. ¿Y sabes cuánta gente de Leipzig hoy lleva algun gen de Bach?

Le interrogo con los ojos, mientras nos dejan las bebidas sobre la mesa.

-Ninguno, así de cruel. ¡Ja ja, brindemos por sus huesos!

El cuarteto tira de mí por las orejas y me sitúa abruptamente en la cabina de un trasatlántico. Qué cosas tiene el cerebro. Por motivos técnicos que desconozco, flota en los archivos de mi memoria la música de Vivaldi en el camarote de un barco. Yo estoy en una cuna y miro al techo, de placas de yeso blanco y suena un cuarteto sospechosamente parecido.

-Hum, ¿y qué hacías en ese trasatlántico? –pregunta Condo.

-Mirar al techo y oir a Vivaldi. Es que sólo tenía unos meses.

-Quiero decir de dónde venías –aclara él.

-Ah, de las Américas –aclaro yo-. Ya sabe, venía de nacer ahí. El primer viaje.

-La primera huída –corrige Condo.

-¿Usted cree?

-Lo que yo te diga: todo viaje es una huída –afirma él, contundente.

Deja su postura recostada y se incorpora bruscamente en su asiento, se anima, roza mi brazo al hablar como si necesitara aún más atención, se entusiasma cuando explica:

-¡Sí! ¿no lo ves? Tú te has pasado la vida viajando o siendo secuestrada como Perséfone, ¿no te das cuenta? Pero en el reino de Hades no hay que comer ni beber, ¡ja, ja!, porque sino te conviertes en espectro, porque como sabes... –Se interrumpe de pronto, pues su mente insaciable vuela de un sitio a otro-. Oye, ¿era ahí donde vivías en la avenida de los mangos?

-No, Condo –digo pacientemente-. La avenida de los mangos fue en el 68. En mayo, cuando usted andaba por París. Creía que se lo había contado una vez.

-¿Ah, sí? –se pone a calcular mirando al techo lejano.

-Sí, mientras Europa se preparaba para un lifting espiritual con los Beatles como teloneros, mi madre me raptó y volvimos a las Américas. La segunda huída, pero esta vez de paquete. ¿No se lo había contado un día?

-¡Ya lo decía yo! ¿Ves? ¡Otra vez secuestrada, como Perséfone! –se emociona Condo. Los secuestros le entusiasman.

-A Perséfone la raptó Hades. Casi que lo habría preferido, la verdad.

Él mira entonces hacia un busto que hay sobre un chiffonier surrealistamente lleno de cosas.

-¿Has visto? ¡Es Minerva, o sea Atenea! ¡Todo coincide!-. Es que últimamente también le ha dado por la mitología.

-¿Quiere usted decir? –dudo.

-Claro, Minerva siempre lleva casco, ¿lo ves? ¿Y dónde vivíais? –retoma el hilo.

-No, me refiero a si quiere decir que todo coincide. Vivimos unos meses de realquiladas en casa de...

-¡Ja, ja, ja! –se desternilla Condo para mi asombro-. ¡Ja, ja, ja!

Le miro fijamente con los ojos muy abiertos.

-¿Dónde está la gracia?

-¡Ja, ja, ja! ¡Realquiladas! –continúa él riendo.

-Le aseguro que no fue divertido –digo desempolvando un episodio de los confines de mi memoria-. Estábamos en casa de otra divorciada con una hija de mi edad, Denise. Era un cachorrito de Lachesis, pero muy, muy, malvada. Un día yo estaba en el salón, me creía sola y encendí tímidamente el televisor. Hablamos de los años sesenta, dese cuenta, a mí aún me alucinaba ese juguete fantástico. Denise apareció de la nada y lo apagó, diciendo “Este televisor es mío” y se quedó ahí, de pié, con los brazos cruzados amenazadoramente. La odiaba, créame.

-Angelito –aprueba Condo tomando un sorbo.

-Y mientras, usted en París, ¿no?

-¡Oh, sí!... –rememora él. Realmente hoy está muy alegre. Yo no sé cómo se aclara, con tantos datos que archivar en orden-. Entonces yo tenia un amigo comunista que estaba en Paris, iba a alojarme con él. Pero yo no llevaba pasaporte porque aún era menor de edad y mi padre, como imaginarás, por supuesto no me había dado permiso. ¡Ja, ja! Mi amigo estaba estudiando en la Sorbonne y me prometió trabajo en Paris y también mucha actividad política, de manera que me largué ahí aún con la oposición de mi padre, así que yo ya sabía que me andaría buscando toda la guardia civil que él pudiera movilizar.

Cuando dice Sorbonnnnne pone el chip de su impecable acento francés. No sabe que yo pronuncio el galo por lo menos igual de bien que él, pero no quiero ir de sobrada.

-Qué curioso –le interrumpo, pensativa.

-¿El qué?

-Que en los mismos días ambos estábamos lejos de casa y con gendarmes rondando cerca.

-Hum –se atusa Condo el bigote, fingiendo pasar por alto la casualidad.

-Sí, mi padre también andaba movilizando a la policía.

-¿Ah, sí? –pregunta finalmente.

-Sí, porque tras el abandono de hogar conmigo incluída, nos localizó finalmente al otro lado del Atlántico y sus amigos policías de antaño, a cambio de antiguos favores, tenían rodeada la casa por si acaso mi señora madre oponía resistencia.

-La casa de la avenida de los mangos... –se sitúa mentalmente Condomina.

-Veo que ya le van encajando las piezas.

-Pobrecita –murmura él-. ¿Y cómo acabó?

-No me consuele, yo sólo fui una pieza más. Pero siga, siga usted con su historia y luego enlazamos los finales, si quiere. Me estoy oliendo que serán parecidos.

Condo suspira levemente y obedece gustosamente:

-Pues verás -rememora-: lo curioso es que una vez en el tren nadie me pidió la documentación, y así llegué a Paris justo antes de la revolución que ya se adivinaba en el ambiente. Mi amigo me consigió un empleo de camarero y él volvió a la Sorbonnnne, pero yo al poco tiempo estaba en el hospital...

-¿En el hospital?

-Sí, cogí las fiebres de Malta. Allí fuí recuperado por los gendarmes y devuelto a mi padre-. Toma otro sorbo y dice-: ¿Y tú?

-Pues lo mismo: también recuperada con policía de por medio y devuelta a la patria, ahí tiene el final. Ya le he dicho que intuía finales parecidos.

-¡Ja, ja! Las autoridades nos devolvieron a ambos adonde debíamos estar –dice Condo, entornando los ojos con Vivaldi de fondo.

-Qué primavera inolvidable aquella, Condo.

-Sí, qué mayo del 68...

Con él, de lo que es difícil recuperarse a veces es de algunas coincidencias. Sincronicidades, dice que le llamaba Jung a esto. En casi todo lo demás somos diametralmente opuestos.

(FIN)

jun-06

modif nov-2007

modif jun-2009

23 julio 2007

27. La condesa y los arcanos

EN REVISION

26. Condo en el laberinto

“¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El Minotauro apenas se defendió”

(J.L. Borges, La casa de Asterión)


No se cómo pero me había perdido otra vez. Todo habia empezado en el metro, con Elena; ella hablaba, me contaba cosas y yo la escuchaba. Fuera de tanto hablar o de tanto escuchar que hubo un lío de estaciones, un darse cuenta demasiado tarde, un mirar al itinerario colgado en la pared del vagón y darnos cuenta de que nuestra estación quedaba bastante atrás.

Luego se bajó a toda prisa recorriendo pasillos sintiéndose fuera de lugar, comprobando, volviendo cabezas aquí y allá. El desajuste se diluyó en una despedida algo improvisada en un punto de la ciudad bastante lejano de aquel donde debía encontrarme a aquella hora del mediodía.

Y todo esto no tendría la más mínima importancia en mi vida si no fuera porque, debido a todo esta cadena de circunstancias inesperadas, me hallé en un cinturón de la metrópolis, de esos sin semáforos, una autopista que circunda la ciudad. Los zumbidos de los coches desapareciendo en la distancia le hunden a uno aún más en una soledad extraña de autostopista fuera de lugar.

Empecé a caminar hacia no sabía dónde. Decidí escapar de aquel paisaje de ciencia-ficción adentrándome por el primer desvío que ví. Caminé y me encontré lejos de los coches y ante una verja. Era ahí, justo ahí, donde Condo parecia estar esperándome. Dijo que le acompañara, que quería mostrarme algo.

Y cruzamos la verja que separaba lo que quedaba del mundo civilizado de un inmenso espacio de jardines, un trozo de naturaleza puesto allá como una burbuja verde enmedio de un mundo gris de asfalto y contaminación. La pérdida de sentido del tiempo y la presencia inesperada de Condo iban muchas veces hermanadas, pero pregunté dónde íbamos porque a mi siempre me gusta saber.

Aseguró que íbamos a un lugar donde no había estado. Cruzamos un inmenso jardín viscontiniano y dejamos atrás un estanque lleno de hojas mustias. El tiempo parecía llevar dos siglos detenido en ese escenario semiabandonado y algo lúgubre que ahora era atravesado por dos seres vivos.

Hasta aquel momento no me había dado cuenta de dónde estábamos. Exclamé, parando mis pasos:

-¿Aquí? Pues claro que he estado aquí antes, Condo, ¿qué se creia? Esta es mi ciudad.

Era el Jardín del Laberinto.

-No -dijo, obligándome a seguir adelante-. Has estado pero no lo conoces bien. Ven.

Noté que la boca se me resecaba un poco. En realidad la última vez que había estado en el laberinto tendría doce o catorce años.

-Es lo que toca ahora -aseguró en un tono que me pareció un poco autoritario.

-Pero… Espere, ¿no pretenderá entrar... ahí dentro?

-Pues claro -contestó, acercándose peligrosamente a la entrada.

Se me resecó la boca aún más, sentía un miedo irracional. ¿Qué pretendería?

-¿Qué hacemos aquí? ¿Qué quiere hacer?

-Jugar, si te parece.

-¿Jugar? Pues no me apetece nada entrar ahí para que usted juegue a encontrarme, se lo digo en serio.

-Es que no vas a entrar: lo haré yo -dijo.

Era evidente que lo tenía todo premeditado.

Condo es más que imprevisible y no niego que ahí está una de sus gracias. Esta vez, sin embargo, sus jueguecitos estaban yendo demasiado lejos. No me gustaba el laberinto, ya me había sentido fuera del mundo más de una vez ahí. Y ahora sentía miedo a que se perdiera él. No. Quería gritar que no, patalear. Pero me sentí estúpida, no iba a perder el porte a estas alturas.

-No… No haga eso, se lo ruego -murmuré, intentando detener, inútilmente, el recorrido de un escalofrio que me latigaba la espalda.

-Tú no te preocupes -dijo él, totalmente decidido, mientras me entregaba algo-. Ten.

Me entregó algo que ocupaba un volumen discreto en mi mano pero que no dejaba verse. Algo que sólo se comprendía por el tacto, algo blando y redondo. Parecía un ovillo. Pensé que esa vez se estaba excediendo.

-¿Por qué me hace esto, Condo?

-Debo ir al encuentro del Minotauro -anunció-. Tú espérame aquí.

Tomó el cabo del hilo y desapareció sin más, impasible y sereno, cruzando con gallardía dieciochesca la entrada entre dos altos cipreses, sin darme tiempo siquiera a intentar convencerle por última vez. Eran dos cipreses imponentes, la primera pareja de una larga hilera que se ramificaba tras ellos en forma de incógnita.

El silencio y el sol comenzaron a aplastarnos a mí y a mi miedo ante la abertura que no debía cruzar. Quería llorar, me sentía como una niña abandonada a plena luz del día. Atisbé dentro pero sólo se veía más y más cipreses apropiándose de la estela de quietud que había dejado Condo tras de sí después de dejarse engullir por el laberinto.

-Condo… no -creo que susurré para nadie.

Oí aún su voz, ya desde las entrañas de aquel repliegue vegetal.

-¡No te preocupes, he dicho! ¡Tú sólo sostén el ovillo, por lo que más quieras…! Y no dejes de confiaaar…

Luego se hizo el silencio más espantoso, una calma terrorífica rota sólo por el canto de un jilguero ajeno al miedo y a todo. Pensé que le odiaba por hacerme esto. En el interior de aquel silencio alarmante transcurrieron horas y horas, masticadas lentamente por el mediodía, desfilando interminables entre los dientes del tiempo. De vez en cuando sentía tirones en el ovillo, que giraba solo en mi mano. En esos momentos mis latidos eran tan intensos que cada uno de ellos parecía hacer temblar el universo entero. ¿Y si el Minotauro…? Casi podía verlo, enorme, gigantesco, con unas fauces ávidas de sangre, de…

-¡Tenga cuidado, Condo! -murmuré cuando el sol ya se había desplazado un buen trozo.

Cuando había transcurrido más rato del que sabía contar y hacía demasiado que no se oía nada, mis pensamientos comenzaron a volverse negros: ¿y si nunca más volvía a ver a Condo? A pesar de que entrar ahí dentro era una locura, lo pensé por un momento pero lo deseché enseguida: mi papel estaba ahí, junto a la entrada, sosteniendo aquel hilo mágico, aquella finísimo cordón umbilical. Además, ocurriera lo que ocurriera no debía dejar de confiar, había dicho.

Por otro lado, el toro gigante comía hombres y héroes, no seres de naturaleza incierta, aunque hacía tiempo que yo tenía dudas sobre la naturaleza de Condo porque en la vida no hay nada que sea cien por cien seguro, cien por cien inamovible. Y últimamente hablaba mucho acerca del héroe. Intenté entretener la inquietud pensando en eso: el camino del héroe es circular, su sentido de misión le lleva a alcanzar el umbral y no se detiene a menos que sea aniquilado (¡aniquilado!), aunque suele contar con el apoyo de deidades femeninas. ¿Qué más me había enseñado? Piensa, condesa, ¡piensa! Estrújate los sesos y haz memoria. ¿Qué más? Sí, que su destino es interior, una ganancia de subjetividad que luego sabrá transmitir debidamente. Pero había algo más: que debe saber renunciar si quiere saber regresar. ¿En busca de qué renuncias se habría metido ahí dentro?

“¡No, aniquilado no!”, le dije a mi flaqueza. “Confía, condesa, matará al Minotauro y volverá sano y salvo. Tú confía.”

El ovillo ya había dado varios giros, lo apretaba fuerte en la mano para que no se me cayera al suelo. No podría perdonármelo jamás si… Sentí un repentino sudor frío en las axilas.

Después de una eternidad, mis oidos se agudizaron bruscamente como los de un lebrel ante un matorral. Sí, ¡eran sus pasos y parecían cercanos a la entrada! Por fin apareció el héroe y me concedí de nuevo el derecho de respirar a fondo. Me alegré de ver a Condo ahí, otra vez ahí, más ufano que nunca, sacudiéndose algo de polvo de las ropas.

-Ya he vuelto, ¿ves? -dijo, como si nada.

Llevaba algun rasguño en la cara y en una mano. Deseaba preguntar, pero eran tantos los interrogantes que se bloqueaban uno al otro en la laringe sin que pudiera salir ninguno de ellos.

-Ya lo sé -dijo mientras nos dirigíamos a la salida del parque-, no entiendes y te encantaría entender, pero en este momento debes conformarte con esto: hay que pasar por algunas vivencias concretas para que en el interior se generen ciertos mapas mentales. Unos muy determinados.

-¿Mapas?

-Representaciones -aclara-, unas muy específicas que no pueden surgir de la nada: para entretejerse necesitan una emoción irrepetible. Autopistas mentales, ya sabes. A la realidad solo podemos acceder mediante analogías, simulacros, metáforas.

¿Y para qué diantre necesitaba él…? ¿O acaso se refería a las mías?

-Era preciso -cortó Condo mis pensamientos-. Créeme y ya está. Anda, Ariadna, vamos a comer algo, pero antes te invito a un Martini negro, que te veo un poco paliducha.

“Como me vuelva a hacer algo así, no sé lo que le hago”, pensé.

(FIN)

abr-2007
modif oct-2007

25. La extraña voz de Condo

EN REVISION

24. Condo acude a una cita

“Dios no juega a los dados con el hombre”

(Albert Einstein)


Cruzó el claustro por un lateral, y sus pasos resonaron junto a la fuente que chorreaba tímida entre los arcos. A continuación salió a un jardín y miró alrededor. A la derecha y enfrente, las paredes centenarias se abrían en modernas puertas de cristal. Entró por la de enfrente y a la izquierda vió el cartel “Biblioteca”. Apagó el cigarrillo en el cenicero junto a la entrada y se dirigió al interior. Había estado ahí otras muchas veces y conocía casi de memoria los pasillos que llevaban a las estanterías correspondientes a Filosofía.

Vió al hombre con gafas sentado en un sofá y supo que era él. El joven le hizo una seña confirmatoria y se saludaron estrechándose la mano.

-¿Qué tal? –preguntó el hombre-. Pero siéntese, por favor.

-¿No podríamos salir al claustro? Me gustaría fumar.

Salieron y se sentaron en un banco. El suave campanilleo metálico del agua rompía el silencio, hasta que Condo dijo:

-Bueno, ¿de qué se trata?

-Necesitaba tener una charla con usted –dijo el hombre-. ¿Me daría fuego?


ene-2007
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23. Condo en la camilla

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jul-07

21. La condesa y la Sacerdotisa

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20. Condo yogui

“Cuando cesa el parloteo de la mente, el observador y lo observado son lo mismo.”

J. Krishnamurti


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mar-07

19. Condo psicodélico

El día que Mafalda se enteró de que el planeta es tan grande que cuando sale el Sol por un lado se pone en otro, se le reveló uno de los grandes misterios de la humanidad: el mundo, definitivamente, nunca podía ir bien si cuando unos se acuestan otros se levantan para ir a trabajar.

Era eso, aunque las metáforas son múltiples y variadas. También podría decirse que unos humanos funcionan en FM y otros en AM, de modo que, aún emitiendo uno incluso encima del otro por lo que al dial se refiere, jamás pueden encontrarse sus bandas. Como las líneas paralelas. Ahora mismo se me ocurren varias otras metáforas, mi mente se revoluciona, pero es que estoy sentada en un coffee-shop holandés, y claro, aquí es fácil.

Me he venido a Amsterdam para despejarme (qué ironía decir esto justamente aquí), para aprovechar los restos deshilachados de este verano, y porque he encontrado un vuelo de aquellos que cuestan menos que el taxi hasta el aeropuerto. Necesitaba cambiar de aires, y lo importante de aquí, en este mismo instante, es que me acuerdo de Mafalda aunque a ella no le hiciera falta el cannabis para estar tan lúcida.

He encontrado este agradable antro de gruesa alfombra y lo he elegido por instinto, es decir, por azar. O quizá por su puerta de madera pintada de azul marino, o por su nombre prometedor. Y he pedido una especie de bollo de maría, y luego un segundo.

Dos cincuentones charlan en la mesa de al lado, apenas a un par de metros. No son holandeses sino también españoles, lo sé porque me llegan retazos de su conversación si dejo de pensar en mis tonterías y enfoco el oído. Parecen salidos de un congreso científico, sobre todo porque aún llevan sujeta a la solapa la tarjetita plastificada con un nombre y un logo, de aquellos hombres que aprovechan los viajes de trabajo para echar una cana al aire. Y, cuando el viaje es además a Holanda, para hacer cosas que allá tenemos aún prohibidas. Uno de ellos, bastante flaco, me ha mirado un par de veces furtivamente. Es de aquellas personas que cae simpática incluso desde lejos. Están fumando un porro y tomando unas cervezas; parecen enfrascados en una conversación seria. El flaco escucha al otro con las gafas en las manos, mirándolas sin verlas.

Desde el final del primer bollo le estoy dando vueltas a la verdadera naturaleza de Condo. Es un misterio que no me puedo quitar de la cabeza. Me haré yo también un canutito.

-...no sabrían enfrentarse a la verdad –está diciendo el más corpulento de mis dos vecinos.

Bueno, después de todo me ha quedado bien a pesar de la falta de práctica, lo malo es que a mi viejo Zippo se le ha acabado la piedra justo ahora.

-La verdad, dices... ¿de qué verdad estamos hablando? –dice el flaco como si se hablara a sí mismo o a sus gafas en un tono muy suave, ralentizado, probablemente por efecto de lo que llevan metido en el cuerpo-. Esa verdad que dices tú... tiene tantas caras… como interpretaciones le da cada uno... Y es que la verdad no es un constructo lineal, Toni…

Pues sí que están profundos, pienso. El tal Toni responde algo, pero, mientras lo hace, el flaco ha captado mis intentos infructuosos de encender, se levanta y me ofrece una caja de cerillas del establecimiento con una especie de reverencia.

-Muchas gracias –digo en español, a propósito.

Él sonríe un poco pícaramente, dice “yu ar güelcom”, y en tres pasos vuelve a sentarse con su compañero.

Tiene razón ese caballero: la verdad es polimorfa, volátil diría yo. Jorge y yo, por ejemplo, vemos algunas verdades de modo tan distinto que esperar que el otro aproxime su punto de vista al del otro sería absurdo. Pero el mayor problema para el ser humano supera el entramado de la voluntad: ya no es cosa de desearlo o no, sino que a veces basta haber tomado un cubata, escuchar una música determinada o fumar un canuto, para que “el otro”, esa cosa que son los otros, quede hundido en una neblina desde la que no nos alcanza ni en lo indispensable y se nos queda mirando como desde el otro lado de un abismo. He de darle la razón a Condo: los humanos somos seres discontínuos, incompletos, y el acceso a la totalidad del “otro” es una utopía. Y sin embargo.

Al salir la temperatura es agradabilísima y me dispongo a perderme beatíficamente: tomaré un taxi sólo si me pierdo demasiado. Me pongo a caminar por esta noche centroeuropea tan tibia, con el punto justo de humedad. No tener prisa en una ciudad ajena siempre me parece liberador, y más en una ciudad tan entretenida que tan pronto atraviesas una calle como un canal. Estoy en el centro de una ciudad del centro: el centro de los centros: a Condo esto le gustaría, pienso lúcidamente. No voy tan mal, sólo como si en vez de caminar más bien flotara, con una percepción exagerada de cada molécula de noche. Los colores de los edificios parecen estar preparándose para competir entre ellos en cuanto llegue la mañana. Me viene a la mente primero Van Gogh y seguidamente los esposos Arnolfini, de Van Eyck, un cuadro que me extasía.

Al cruzar una calle veo las vías del tranvía y miro a ambos lados por si acaso. Ningún coche ni bicicleta a la vista. Sobre todo ninguna bicicleta, que aquí son un peligro público. A unos metros, donde las vías se pierden en el recodo de una placita desierta y mal iluminada, hay sólo un indicio de vida: es un hombre de pie, parado justo en la curva metálica. La contempla ensimismado y, además, parece que le está diciendo cosas. Me acerco, porque no estoy segura pero casi.

-Que no, que ya te he dicho que no –está diciendo el hombre mirando al suelo, a la vía.

-¿Condo...?

Era él, en efecto. Se vuelve hacia mí con una iluminada expresión de éxtasis. Y luego dice de mí y de Santa Teresa. Por los dioses del Olimpo, qué viaje lleva, se vé en sus ojos, ¿vendrá de otro coffee-shop? Menos mal que le dan buen rollo, nunca le había visto tan risueño. Mira otra vez a la vía del tranvía. Lo hago yo también, como buscando una resolución en el brillo de ese metal.

-¿Qué contempla tan ensimismado, Condo?

No sé si me ha oído ni si sabe dónde se encuentra, pero parece feliz.

-Me está haciendo proposiciones deshonestas –asegura Condo desde su frecuencia psicodélica, arrastrando las palabras con cierta y comprensible dificultad.

-¿Proposiciones?...

-Sí, la geisha esta –dice Condo clavando su mirada en la curva de las vías-. ¡Qué curvas insinuantes, qué geometría euclidiana perfecta!...

-Ahhh... Sí -concuerdo, esforzándome en ahogar la risa-. Sí, desde luego, preciosas…

Lo cierto es que está muy divertido. Siento algo parecido al instinto maternal y le tomo del codo, para guiarle como hacemos los civilizados con las viejitas que cruzan la calle o con una persona de coordenadas inestables.

-No debería andar así por aquí, Condo... Le acompaño hasta el hotel, si le parece. Supongo que estará hospedado en algún hotel, ¿no?

-¿Lo ves? –dice, volviendo la cabeza hacia los railes del tranvía mientras yo intento que camine en sentido contrario-, paso de ti... ¡Otra vez será, encanto!

-Sí señor, muy bien dicho –reafirmo, divertida por su extraña percepción de la realidad.

“La realidad no es un constructo lineal” había dicho el hombre flaco.

-¡No lo puedo evitar, todas se enamoran de mí! –se queja el cannabis por boca de Condo, que levanta los hombros y suspira.

-Claro, es por su carisma –le apoyo, observando un pequeño charco a muy pocos pasos.

-Es que a mí –dice acercándose un poco, en tono confidencial- todas me aman como entrando en religión, ¿te lo había contado?

-Cuidado con ese charquito, Condo –respondo desviándole ligeramente-. Sí, creo que me lo había contado.

-Pero claro, las pobres no saben lo que soy –aclara él en tono benevolente. Él a la suya, como Rompetechos.

-Claro, entonces se entiende –admito.

Pero también podría aprovechar esta ocasión única. Ahora o nunca.

-Porque a usted, Condo -digo en un tono de máxima indiferencia- ¿le gustaría ser otra cosa? –Confío que en su estado no me descubra.

Se ríe un poco.

-Siempre se quiere lo que no se tiene, ¿no lo sabes? ¡Huuuy!

-¿Qué ocurre ahora?

Se detiene bruscamente, extiende un brazo ante sí y mira el extremo de la manga de su americana absolutamente maravillado, como si fuera la primera vez que ve la manga de una americana.

-Miraaaaaaaaa –exclama, inclinando la cabeza a un lado para ver mejor eso que no había visto nunca.

-Sí, qué lindo, ¿verdad? Por cierto, ¿dónde queda su hotel?

-No sé –dice, despreocupado-, everything’s alright.

-Ya, pero ¿podría darme alguna otra pista?

-Llegaremos, seguro –dice desde su convencimiento flotante-. Aquí en este país todo el mundo es muy amable.

Pues vamos apañados como tengamos que encontrar a alguien a estas horas, pienso, amable o no. Este canal que empieza por O ¿no lo habíamos cruzado antes?

Si hemos encontrado el hotel ha sido más bien por milagro, tras algunas vueltas amenizadas básicamente por intervenciones de Condo. La mejor ha sido cuando, tras sacarse la americana, ha insistido en utilizarla para torear un toro invisible (al menos para mí) en pleno callejón de los alrededores de la plaza Dam.

-¡Oléeeeeee! –decía.

Pasa cerca de nosotros una pareja de mediana edad, cogidos del brazo. Juraría que al vernos han apretado el paso.

-¡Condo, hombre, que luego los guiris creen que todos los españoles somos toreros!

-¿Has visto qué suerte, eh? Se le notaba que era de Mihura, ¿sabes cómo?

Se cuelga la americana a la espalda y se deja guiar los pasos otra vez.

-Pues no, ¿cómo?

-En general se trata de engañar al toro para que embista la muleta y no al torero, que hace más bulto –ha cogido la directa-, y al bulto van los toros mansos, porque los bravos siempre se dejan engañar, eso hacen los toros nobles y valientes. Otra cosa hacen los Mihuras, van a por el torero de manera directa prescindiendo del trapo y no se dejan torear. O sea que el mundo taurino trastoca los valores porque el toro cobarde es aquel que va al bulto. ¿Entiendes?

-Ah, pues no sabía, no –digo, algo confusa y con ganas de llegar a mi hotel.

-Como tú, que tampoco entras fácil al trapo, ¡ja ja!

No sé por dónde me habrá asociado al tema taurino, pero en estos momentos no me veo capaz de preguntarme nada.

-Yo tenía que haber sido torero –continúa Condo, convencido.

¿Llegaremos algún día? No parece preocuparle mucho, porque además se pone a cantar:

-Yooooo... quiero ser mataooooor.... como Visente Pastooooor....

Qué noche, por Zeus, y yo que pretendía pensar en lo humano y lo divino. Por fín una calle que me suena, la Damrak, y ahí hay un hotel, a ver si hay suerte.

-Séeeee que mi sino es triunfaaaar... y muy pronto triunfaréeeee... –sigue el pasodoble, implacable.

He conseguido dejarle en la puerta del ascensor cuando iba por lo de Toreroooo de garbo y saleroooo, tras asegurarme entre dos compases de que llevaba la llave de su habitación en su bolsillo, y esperando que pudiera encontrarla en un pasillo alfombrado lleno de puertas que le habrán parecido vedettes del Moulin Rouge haciéndole reverencias a su paso. Yo le llamo magnificar y él lo llama resiliencia pero, en el fondo, yo creo que el nombre es lo de menos.

Luego he llegado por fin a mi hotel, pero hace rato que no puedo dormir pensando en esa verdad que tiene tantas caras. El hombre flaco del bar tenía toda la razón, pues la verdad en ciertas condiciones no presenta la misma cara que sin él, se diluye en virutas de humo, es inapresable porque estamos en dos o más mundos a la vez, probablemente como Condo, o como las emisoras de la radio.

No –pienso-, definitivamente el mundo no puede ir bien mientras haya railes de tranvía que pretendan llevar al huerto a un torero.

ago-06
modif nov-2007

modif jul-2009

18. Condo y los tres amores

Últimamente no voy mucho al cine, y cuando lo hago sólo veo películas de aquellas en las que nunca hay cola y que duran pocos días. Algunas son argentinas, como esta de ahora, que trata el tema de la pareja con un humor fino y descarnado.

Al salir del cine pienso que el amor no existe, que es un invento post-industrial, como dice mi amiga Carmen que vivió la época de Corín Tellado. Que solemos confundir el querer a alguien con el necesitarle. ¿Me necesita Jorge? ¿Y yo a él? Pero en caso de que exista habría de varios tipos, he pensado algunas veces en ello en mi manía crónica de clasificar. Me paro en medio del paseo peatonal para sacar el tabaco del bolso y una mano surgida de la nada ofrece fuego. Es Condo, ¿quién, sino?

-¡Hola! ¿Qué tal la peli? –pregunta, y luego acompaña mis pasos por el bulevard.

-Bueno, ya sabe, eso del amor es un tema trillado –digo con la primera bocanada, mientras me pregunto por qué no me ha acabado de gustar.

-Yo prefiero las del Oeste y las de piratas.

-Usted nació niño, le vestirían de azul –bromeo.

-El amor es un don, condesa, un regalo.

-Ya, justamente me lo estaba preguntando. No, mire, Condo, creo que ya lo tengo: en realidad el amor se puede clasificar en tres categorías.

Él sonríe con media boca y medio bigote mientras nos acercamos sin prisa a un banco de madera.

-Vaya ¿habemus teoría nueva? –pregunta, dejándose caer.

-Verá –tomo aire, una vez instalados-, pero todo esto suponiendo que sí existiera, claro: primero estaría el amor así, a secas, en minúscula, aquel donde las graciosas pequitas acaban siendo repugnantes verrugas, el amor-cuento, el de plástico, ya sabe.

-Oh, ese es muy hermoso –ironiza Condomina-, provee de gruesos chorros de serotonina, dopamina y esas cosas.

-Al principio sí, pero luego ya sabemos qué ocurre.

-Por cierto –pregunta mi interlocutor- ¿qué tal Jorge?

-Bien, un poco cansado de Miami, dice que es una ciudad de viejos. Y que me echa de menos.

-Ese amor hay que currárselo, condesa –añade.

-Se lo diré de su parte –contesto ágilmente antes de seguir- pero déjeme continuar, ¿quiere? En otro nivel –continúo- estaría el Amor con mayúscula; ese es distinto aunque sigue siendo à deux: en este no se pide, ni se juzga ni se pretende cambiar al otro; el amor-espejo, desatado del yugo de las hormonas, de los celos, del sudor.

-Eso es, casi casi, un amor apofánico –apunta Condomina, acomodándose mejor las gafas y mirando distraídamente a los paseantes.

-¿Qué es el apofánico? –le pregunto a Condo, que parece que va a suspirar pero se reprime.

-Aquel que hace renacer –explica mirándome tan fijamente que me cohibe-... el que lo resitúa todo en su justa dimensión... el que alimenta no al ego sino al Ser en su dimensión más profunda, como el que...

-Ah –interrumpo, porque de todos modos Condo se había quedado colgado ahí.

Intento retomar el hilo, quiero terminar lo que estaba diciendo antes de olvidarme.

-En fín, hasta aquí hablamos de dos, aún limitados por su respectiva discontinuidad, que diría usted.

-Yoidad –modifica.

-Como prefiera. En estas dos categorías nos hallamos aún, pues, enfangados por la yoidad, limitados por ella como un pájaro enjau... ¿Me está escuchando, Condo?

-Ajá –dice, siguiendo con la vista a una parejita de quiceañeros que pasan ante el banco compaginando su lento caminar con un interminable beso.

-Ahh, el amor está dejando de ser una creencia para convertirse en una opinión... -suspira como hablando para sí mismo.

-¿Perdón?

-No, nada -dice, también como hablando para sí-, que estaba pensando yo ahora que las parejas de ahora están cambiando hasta las expectativas. Ahora no es como antes, ahora se fundan en un estatuto de disolución autoprofética, ya no se piden pruebas de consistente realidad, la certeza ha dejado de ser necesaria. La gente de ahora aprovecha las relaciones como asistencia mútua y para compartir gastos y viajes... Dentro de un tiempo la imaginación humana se habrá zafado para siempre de esa bella carga dramática que parecía ir enroscada a aquel amor para siempre que nos habían enseñado.

-Creo que le comprendo... Bueno, ¿me pregunta por el tercer tipo de amor?

-Todo oídos –dice, recostándose cómodamente en el respaldo.

-Ah –rebobino-, olvidé decir que en la segunda categoría incluyo el amor de madre, ya sabe.

-Bueno –accede Condo-, aunque... Nada, luego. Sigue con tu teoría de los tres amores, hale.

-En cuanto al tercero... ese otro se escribe todo con mayúsculas porque trasciende los límites del yo –proclamo, ufana.

-Hum –dice Condomina, pellizcándose con dos dedos unos pelos del bigote.

-Lo cierto es que esa cosa que podríamos denominar AMOR tiene algo que ver con lo que usted llama arrobamientos.

Da gusto tener una jerga con la que entenderse tan fácil.

-¿En qué? –pregunta.

-Pues –ésta es fácil- que suele ser concomitante a aquellos. Florece de ellos, por decirlo así.

-¿Ah, sí? –dice él con aire pensativo-. Ojo con derramar tanto amor por ahí, condesa, porque cualquier día puedes tener un disgusto.

-¿Por qué dice esto?

-Porque tú eres un cúmulo de amor desaprovechado aunque lo ignoras –aclara.

-Hombre, de disgustos ya he tenido, como todo el mundo. Pero hágame el favor y déjeme acabar, ¿vale?

Asiente.

-En ese estado se ama a todo, quiero decir todo lo que existe. Sólo porque existe, por encima o por debajo de la condición de humano... No niego que sea un estado subjetivo, que sí lo es, pero es otra cosa, otro rollo. Allá no hay límite –remato, entusiasmada.

“Casi siempre hay un límite”, piensa Condomina sin que yo lo sepa. En lugar de esto, dice:

-Ya, a Santa Teresa también le ocurría.

Ya estamos otra vez.

-Y a los espectadores de un concierto de Iron Maiden también, no te fastidia –digo, algo molesta.

-Mujer, si me sales con el amor místico ¿qué quieres que haga? –se defiende Condo pacíficamente.

-¿No se llamaba apofánico?

-Ese era el anterior –aclara con paciencia casi paternal.

-Ah, es verdad –me disculpo-, es que me lía usted.

-Y el amor maternal que decías antes es otra cosa, ese no entra ni con calzador en esta teoría tan tranquilizadora.

-Hombre –protesto-, no me dirá ahora que el amor más altruista no es el de una madre hacia sus cachorros.

-Pues sí, te lo digo.

-¿En serio? –me asombro-. Yo creía que era así, aunque fuera por eso del instinto de conservación y demás.

-Tú lo has dicho: instinto –corta Condomina-. Se trata del arcaico instinto de supervivencia del grupo, contrapuesto al de la supervivencia individual, aproximadamente igual de arcaico que el otro. En todas las especies hay un programa primigenio que...

-¿Una especie de software?

-Más o menos –concede-, aunque deberías saber que el paralelismo entre mente y ordenador ya está algo demodé. Pero sí, la escala de prioridades parece regida por una pauta cósmica ineludible, sobre todo en las hembras de las especies que optan por la reproducción sexual para perpetuarse. Esas hembras, querida condesa, no cuidan de sus crías por sacrificio sino por inversión, pues en sus polluelos o cachorros van invertidos nada menos que el cincuenta por ciento de sus propios genes, los cuales, sabiamente combinados con otros, perpetuarán su especie, que de eso se trata...

Cuánto sabe. Como casi siempre, me bebo todas sus palabras cual esponja sedienta. Y, a pesar de que siempre que le escucho me concentro en sus facciones, hasta hoy no me había dado cuenta de que me recuerda a George Harrison en versión madura.

-...de manera que si le quieres llamar amor maternal a eso eres muy libre –está diciendo Condo-. Pero ese "instinto maternal", además, procede de la agresión, algo que dicho así en crudo te sonará a herejía, pero en realidad agresión, sexualidad, procreación y cuidado de las crías son automatismos absolutamente programados por esa inteligencia sin cerebro que son los genes, que utilizan vilmente los cuerpos para su propia y egoista continuidad.

Si es así, me asalta una duda.

-¿Y los que no nos reproducimos?

-Eso es harina de otro costal: una especie de transgresión al programa primigenio, como lo puede ser la homosexualidad o cualquier otra forma de sexualidad no reproductiva.

-¿Nos saltamos el software, como los hackers? –pregunto.

-Algunas subrutinas de él, si insistes en el paralelismo. Por eso esas cosas no están bien vistas –asegura.

-Tiene toda la razón: a mi edad hay que ir por la calle del brazo de un hombre y acompañada de dos retoños. La sociedad sigue sin perdonar a las solteronas...

-Lo cierto es que, por esto y por otros motivos, tú también eres un poco disidente, sobre todo teniendo en cuenta que eres mujer –dice eludiendo un tono machista-, pues habrás observado que los hijos son la excusa de muchas madres humanas para no hacer en la vida nada que valga la pena. Por cierto –añade-, siento desilusionarte pero esa teoría tuya de los tres amores ya la ha pensado alguien antes que tú.

-No fastidie. ¿Quién?

Siempre fastidia un poco que uno tenga una idea brillante y otro se le haya adelantado, cosa que me ocurrió también de pequeña cuando inventé –sí, yo- la bayoneta.

-Alguien bastante conocido en el mundillo, pero no has oído hablar de él[1]. La cuestión es que has desgranado esa clasificación ternaria de un modo curiosamente parecido.

-Tenía que ser así, Condo –pienso en voz alta-, porque he comenzado a cansarme de lo binario, de los ceros y unos. Tiene que haber otra salida, otra perspectiva. Quiero decir como en el cuento donde a aquella araña que sólo conoce su mundo bidimensional, la mosca que vuela no se le hace visible hasta que se posa en el suelo, hasta que aterriza en su única dimensión conocida.

“Una esperanza” piensa Condomina, pero en lugar de eso, dice:

-Pues sí, con ligeras variaciones vienes a decir lo mismo.

-Y ese otro a quien no conozco ¿cómo lo explica?

-Parecido, ya te digo, sólo que algo más elaborado. Él opina que el primer tipo de amor es aquel que está vinculado con la sexualidad. El segundo añade el concepto de benevolencia, el amor caritativo. Algunos freudianos consideran que la líbido se inmiscuye en todas partes como un gas pero, según ese científico, ese segundo tipo de sentimiento estaría libre de lo erótico.

-¿Y el tercero? –pregunto impaciente.

-Ese sería un tipo de amor que se despliega más bien hacia las ideas o a lo ideal, a todo lo que posee un valor por sí mismo, el amor subyacente también en la amistad pura y dura, la sublimación del erotismo...

-¿Erotismo aquí también?

Condo suspira discretamente.

-He dicho sublimación del erotismo –puntualiza-, el cual, a su vez, viene a ser una sublimación de la sexualidad, o sea, una sublimación retorcida sobre sí misma, al cuadrado. En palabras más comprensibles: el amor-aprecio exaltado en la admiración, el amor a lo grande, a lo divino... A lo trascendente, en definitiva.

Es ahí, en ese punto, al oirle hablar de admiración, de sublimación, de trascendencia, cuando algo me obliga a reconocer que no somos uno solo. Hay algo más ahí, dormido como un volcán inactivo, que de vez en cuando levanta tímidamente la mano pidiendo permiso para hablar. La mayoría de veces ni siquiera sabemos que tiene voz.

-La clave de esta supuesta trinidad –continúa Condomina- es que aparece como un personaje extra, un actor invitado.

-¿Se refiere a que pasamos del yin y el yang?

-Me refiero a que en esa teoría vuestra de los tres amores el tercero es realmente muy poco habitual.

Es indiscutible que está en lo cierto. Eso de ahí dentro patalea otra vez con furia pero lo acallo concentrándome en lo siguiente:

-Fíjate en esto otro: en la antigua astrología, por ejemplo, el Sol corresponde al número uno, la energía creadora, centrífuga, el principio masculino, el que da; la Luna al dos, la energía que nutre, femenina y centrípeta, la que recibe. Si lo prefieres, el padre y la madre, el animus y el anima.

-¿También es usted astrólogo? –me sorprendo.

-Ya no, eso fue hace mucho tiempo.

¿Qué pinta tendría Condomina en el Renacimiento? ¿también llevaría bigote? ¿sería también alquimista?

-De acuerdo, ¿y el tres?

-Mercurio, o sea Hermes, el que une a unos y otros volando de aquí para allá con sus mensajes. Hermes el hermafrodita, otro transgresor sexual por cierto.

-¡Y Hermes Trismegisto! –recuerdo de pronto-. ¡Tres veces grande! ¿Hermes vendría a ser el hijo?

-En efecto: el fruto, la cristalización, aunque yo lo veo más como un salto de nivel, una salida ingeniosa de la trampa dual, podría ser un primer estadio del escape hacia arriba. Podría, sólo.

-¿Usted no lo cree?

-Lo que yo creo –se explica Condo, levantándose el cuello de la chaqueta contra un frío aire otoñal- es que la superación de la dualidad no consiste en añadir algo más al entramado, sino en ir más allá de ella por otro camino que no es necesariamente la adición. Quiero decir que la evolución no opera por sustitución de los viejos principios, sino por aposición: lo nuevo sobre lo antiguo, una remodelación de lo ya sabido, del prejuicio. Es cierto que casi todo se puede clasificar, pero en la metáfora mitológica que te he puesto, por ejemplo, si te fijas bien los polos opuestos no son superados añadiendo algo más, sino uniéndolos mediante mensajes, hilos invisibles.

Me quedo ensimismada mientras se abren portezuelas interiores, pensando en todo esto pero a la vez en eso otro que quería decir algo hace unos momentos. Era algo relativo a la admiración, al amor a lo ideal y lo divino, algo informe que exigía una atención que no he querido prestar. ¿Admiraba a Condo y hasta ahora no me daba cuenta de cuánto? ¿Acaso le amaba como Teresa de Ávila amaba a Dios? ¿Se trataba quizá de un instinto maternal proyectado donde no debía? Por primera vez me doy cuenta de cuánto le echaría de menos si no estuviera.

-¿Y a mí? –pregunta, trayéndome de nuevo a la realidad.

Me había distraído, parece estar preparando una broma de las suyas.

-¿A usted..?

-Si me admiras, me amas, o me aprecias, ¡ja ja! –dice.

Hay una parte de nosotros que es fiel por naturaleza a nuestra verdad única y que conoce más de ella que nosotros mismos. Duerme su aparente letargo en la oscuridad, pero no perdona cuando se perturba su sueño cosquilleándola con una palabra que actúa como resorte. Imagino que duerme acurrucada en el corazón porque, cuando despierta, éste suele acelerarse, y eso suele ocurrir cuando mentimos, ya sea a los demás o a nosotros mismos, ya sea activamente o por omisión.

Condomina, ignoro si a propósito o no, acaba de meterme –maquiavélicamente, aunque parezca un niño que jamás rompió un plato- en una encerrona semántica cuya clave está en el hecho de que cualquier respuesta posible lleva consigo el compromiso de ayudarle a lo que más desea: ser mortal. Y a mí jamás me han gustado los compromisos. Consulto brevemente su mirada, que confirma con un cansancio de mil años que lo que más desea es dejar su condición aunque, paradójicamente, vivir signifique también poder morir. Morir de veras. Admitir sentimientos más allá de lo adocenado sería, pues, una condición para traerle de nuestro lado, pero también para poner fecha de caducidad a estos encuentros, una posibilidad a la que algo en mi interior grita un alarido de negación, hecha como estaba a la idea de que Condo era eterno.

-A usted le gustaría ser como nosotros, ¿verdad?

Condo sonríe un poco amargamente.

-Siempre se desea lo que no se tiene –dice-, ya te lo dije hace tiempo.

Un deseo primordial, vibrante, se hace espacio a codazos en mi interior, un deseo que no es genuinamente mío, como si no me perteneciera del todo. Quisiera decirle a Condo que no estaba preparada para una paradoja tan cruel pero, a pesar de ello, que cuente conmigo.

Un sentimiento desconocido se germina entonces a sí mismo en algún lugar dentro de mí y, con el poderío autónomo de un ser vivo y sin que yo pueda hacer nada por evitarlo, toma cuerpo, revuelve mis entrañas sin compasión buscando una palabra, y al encontrarla se encarna en ella. Su palabra es “incondicional” y su elemento el fuego. En medio de la espiral de la que surgió el mundo, la palabra se convierte en flecha y se lanza, sin importar nada más, por el camino más corto hacia los ojos de Condo del único modo en que una flecha puede ser disparada en busca de lo verdadero: cruzando a su salida todas mis capas, dejándolas bellamente desgarradas y sangrantes. Aquel deseo, ahora lo veo, no era mío porque era de él: venía buscando su palabra y, tras arrancarla de mí, vuelve a él, a su origen. Apenas ser lanzada todo deviene vertiginosamente simple: no había categorías, no las hay, todo era una trampa de la mente: todo es lo mismo.

La serenidad que otorga lo sencillo ahoga mi último resto de orgullo:

-Acabo de cambiar de opinión, Condo.

-Vaya –hace como que se asombra-. ¿Y eso?

-Estaba equivocada: no hay tres formas de amar, ni dieciocho. Sólo hay una. Pero se me ha hecho tarde, me cerrarán el supermercado.

-¿Te has quedado sin berberechos? –reacciona ágilmente Condomina, lanzando lejos su colilla.

-No –respondo levantándome-, me voy a por un Muga, tengo algo que celebrar.

A los pocos pasos me vuelvo hacia él y me fijo otra vez:

-¿Sabe una cosa? Tiene usted una retirada a George Harrison.

-¡Ja ja! Tú siempre tan tierna, no cambiarás, ¡ja ja!

Aún se está riendo cuando su imagen se desvanece en el banco, así, tal como estaba.

(FIN)

ago-2006
modif. nov-2007

[1] N. de la A.: Se refiere a Claudio Naranjo.


15. Condo pensando

EN REVISION

14. Condo y la casa habitada

Al final el del matadero fué amable, pero ¿quién me mandaba a mí meterme en tales berenjenales? ¿Acaso me creía Caperucita?

Ese día comenzó de un modo banal, pues inscribirse en un taller de yoga de un fín de semana en la naturaleza tampoco parecería nada tan grave. Siempre, claro está, que no se cometa errores como el que cometí.

El curso comenzaba por la noche del viernes. Previamente me había asegurado por teléfono que el taxista del pueblo me llevaría desde la estación de tren, a la hora convenida, hasta una casa situada a algunos kilómetros del pueblo, entre densos bosques de pinos y encinas. El dueño la alquila a grupos para este tipo de eventos. Algunos de mis compañeros ya habían estado anteriormente allí y habían ofrecido sus coches, pero preferí venir por mi cuenta en uno de mis alardes de independencia.

La noche ya llevaba buen rato instalada cómodamente sobre las copas de los árboles. ¿Tenía que ocurrir eso en luna nueva? Al menos no aparecería el lobo del cuento, pues es sabido que los lobos tradicionales prefieren la luna llena, pensé.

En el transcurso de un recorrido por una negra pista de montaña durante el cual el taxista sesentón sufrió visiblemente por sus neumáticos y sus amortiguadores, preguntó varias veces si estaba segura de dónde iba. Yo, metódica, le aseguré que sí, pues tenía el plano muy bien detallado del lugar. “No estoy seguro ahora de qué masía dices, vine una vez hará diez años, pero...”. A mí, por mi parte, me pareció haber contado bien los desvíos de cotos privados de caza -legibles tan sólo por los faros del coche al pasar- y haber distinguido claramente la curva cien metros antes del punto desde el que debía divisarse la casa en cuestión, a la derecha.

-Aquí, es aquí –digo de pronto al ver entre las ramas algo de color claro.

-¿Estás segura? –pregunta el taxista, frenando con un fruncido de entrecejo mientras mira hacia donde miro yo, y viendo también el lodazal que nos separa de la casa-. Es que hasta allá no puedo meterme, tengo que dejarte aquí...

-Sí, sí, seguro, no se preocupe –digo.

Me bajo, a una cincuentena de metros de la casa. En medio de la negrura, las luces del coche retroceden un poco con el inconfundible lamento de la marcha atrás, y luego se alejan hasta perderse por donde habíamos venido. No hay ni un atisbo de luna, o, para ser exactos, un curvo hilito muy tenue, pero en breve me encontraré con los demás junto a la chimenea -me reconforto-, como cuando íbamos de colonias. Es al aproximarme a la casa cuando me asalta una duda: ¿por qué está toda a oscuras? ¿tendrán avería eléctrica?

Saco el móvil del bolso con un gesto que imita a aquél con el cual saca el revólver protector, en las películas americanas, el inspector de policía al aproximarse al polígono industrial abandonado donde se esconde el criminal. Lástima que la previsión no me alcanzara también a cargar la batería cuando aún tenía enchufes a mano, antes de salir de casa, porque al menos serviría, si ya no para disparar, al menos para llamar a alguien. Eso suponiendo que en este bosque hubiera cobertura, porque –naturalmente- tampoco la hay.

Mi instinto, perspicaz como pocos, huele finalmente a error indefinido, un error que acecha en algún sitio, sólo que no se ve casi nada y no puedo adivinar siquiera dónde ubicar exactamente el desajuste. La luminosidad casi nula permite confirmar a duras penas que la construcción es una vieja casona de dos pisos y buhardilla en medio de una nada frondosa. Esperaba algo más grande, no sé, quizá algo menos tétrico. Llamo tímidamente a una puerta circundada por hiedra, esperando sin mucha esperanza una contestación con matiz humano. A menos, pienso, que suene el despertador y deba volver a empezar, en cuyo caso me recuerdo a mí misma, en esa otra versión, cargar el móvil antes de salir.

Pero ni hay contestación ni suena ningún despertador que me devuelva a mi cama. Se me ocurren una veintena de sinónimos para mi estupidez por haber dejado marchar al taxista. De momento, me digo, lo que hay que hacer es no perder la calma y volver a llamar confiando en que están todos dentro (por alguna razón a oscuras) y que no han oído el timbre la primera vez. No hay nada como el optimismo, me insisto a mí misma: a los optimistas todo les va bien, no al revés.

Esta vez golpeo la puerta con la fuerza que proporciona la angustia cuando los despertadores no suenan. “Porque esto”, pienso, “debe ser la realidad real”. Golpeo de nuevo. Tensa espera. Silencio.

¿Miedo? No, condesa: los lobos sólo salen en luna llena, hemos dicho. Es curioso cómo el humorismo puede asaltar en situaciones como esta, a modo de tabla donde la mente se agarra desesperada para no hundirse. Analicemos la situación: me hallo en medio de un bosque de pinos y encinas, en plena noche oscura de otoño, sin rastro alguno de civilización a la vista, sin medios de contactar con nada civilizado, y a diez kilómetros, montaña por medio, del núcleo urbano más próximo. Calculo que a pié, a razón de 4 kilómetros por hora, llegaría en dos horas y media. ¿Qué hacer? Una opción -de hecho, la más atractiva por el momento- es escoger asiento junto a un buen pino que inspire confianza por su aire sereno y llorar en su hombro. En su tronco. Miro alrededor y, dada la oscuridad, elijo uno casi a ciegas. Me siento junto a él.

-Es cierto, pino –le digo, rodeando su tronco con mis brazos-, mi estupidez no tiene límites. Ya tenía razón el taxista en dudar: el sitio no era este.

Me acometen intensos deseos de llorar para aliviar la tensión. Condo dice que la queja sólo es operativa cuando hay público, pero algunas mujeres se ven a sí mismas más bellas con la cara bañada en llanto. A lo lejos se oye el canto de un cuco. Un reloj de madera oscura traido de Suiza, un pajarillo con resorte que salía incansable cada media hora, traiciones de la memoria en momentos poco adecuados. La noche extendiéndose sobre mí pero sin público al que enternecer.

Apoyo el mentón en ambas manos, me hundo en mi peor ánimo y me doy lástima a mí misma por pensar poco o mal o a destiempo, como casi siempre. Comienzan a rodar algunas lágrimas de victimismo, atraídas por la misma ley que atrae hacia abajo cualquier otro tipo de lágrima, cuando el instinto reptiliano se pone en pie súbitamente: ¿ha sido eso un ruido en la hojarasca? No, ya hemos dicho que lobos no hay. Será una ardilla, o cualquier otro animal. Fijo la vista pero es inútil porque todo es del mismo color: el de un bosque en noche de luna nueva. Y otra vez el ruido. Ahora parecía algo más cerca. El tambor de mi corazón redobla a la desesperada, regado por un chorro extra de noradrenalina y cortisol. Respiración baja, condesa; total, igual tu destino no era tan digno como soñaste, sino morir degollada por un loco en medio de un bosque catalán, o acaso comida a dentelladas por un jabalí poco solidario con las especies bípedas. Moriría sin batería y sin cobertura, pienso.

Otra dosis de cortisol llega esta vez al oído al distinguirse un nuevo sonido: claramente, el de pasos sobre la hojarasca. Ya no hay duda. Me convierto toda yo en un signo de exclamación gigante.

-Buenas –dice Condo, aproximándose a mi pino.

-Vaya, ya me extrañaba a mí... –miento, preguntándome si es mayor la sorpresa o el alivio.

Se para a poca distancia porque algo ha captado su atención en el suelo. Se agacha, escarba con cuidado, creo que recoge algo y continúa su paso hacia mi pino.

-¿Qué es eso?

-¡Un rovellón o níscalo! –responde él, contentísimo de su hallazgo-. ¡Están buenísimos a la plancha! ¡Sobre todo con ajo y perejil!

La gastronomía es, justamente, el tema que más suele interesarme cuando me pierdo en un bosque sin luna y sin cobertura, ¿cómo lo sabrá?

-Pero pareces algo consternada, condesa.

-Psé, qué quiere que le diga –respondo en tono de indiferencia.

-No me lo digas, a ver si adivino: te has perdido otra vez.

Pasaré por alto eso de “otra vez”, aunque en el resto habré de darle la razón.

-Bueno... perdida... En cierto modo sí.

Se ríe sin pudor alguno.

-¡Ja ja ja! ¡En cierto modo, dice! ¡Ja ja ja! Perderte es tu metáfora preferida, ¡ja ja!

-¿Cómo sabe que es un rovellón? ¿También entiende de setas? Tenga cuidado, no sea una Amanita Phalloides o algo así –digo con cierto resentimiento por su poca sensibilidad. Como si él pudiera morir por una seta venenosa. Replica:

-¡Ja ja, tú sí que estás hecha una buena amanita! Ahora en serio: la Amanita Phalloides, conocida vulgarmente como hongo de la muerte, se distingue por un anillo en su base que no se encuentra en ningún hongo comestible. Sus toxinas dañan seriamente el hígado, riñón y el sistema nervioso central, causando entre otros edema cerebral, sepsis, colapso cardiovascular, etcétera.

-Ya, pero usted es invulnerable, ya lo sé.

Su expresión se pone momentáneamente más seria.

-Mujer, la amanita no es necesariamente letal pero, si yo pudiera morir y elegir la forma, preferiría hacerlo de otro modo y no por un atracón de setas. Pero ahora en serio, ¿qué se te ha perdido a tí en este bosque?

-Me he equivocado de lugar –respondo con más humildad que antes.

-Bueno, eso salta a la vista, ¡ja ja!

A estas alturas ya le perdono casi cualquier broma. No me sacará de aquí porque sus trucos para desaparecer le sirven sólo a él, pero al menos hay con quien charlar un rato.

-Y en esta casa no hay nadie a quien preguntar -añado, señalando con la cabeza.

-Hum –mira Condo hacia una ventana oscura-. Pues yo diría que sí está habitada.

No le comprendo, pero distingo sus tonos y eso lo ha dicho de verdad. Miro a mi vez hacia la ventana, pero no veo nada distinto de antes.

-Si insistes te abrirá alguien -asegura.

-¿Lo dice en serio? –me asombro.

-Totalmente.

Miro de nuevo hacia la casa.

-Pero antes ya he...

Acaba de desaparecer dejándome sumida entre la espesura y la incertidumbre. Sin él a veces el contraste con el vacío es tremendo, gigantesco.

Me acerco de nuevo a la puerta y la vuelvo a golpear. Esta vez se enciende una luz arriba. La ventana se abre y desde su interior aparece una cabeza, que dice:

-¿Quién eres?

No me lo puedo creer: Condo tenía razón.

-Iba a... a un... no sé dónde exactamente, debe ser cerca... –balbuceo por toda explicación enfocando la cabeza hacia lo alto.

-A esa casa donde hacen cursos de cosas raras, ¿no? –dice la cabeza.

-Pues... sí.

Me quedo mirando la cara mal iluminada de ahí arriba. Es un hombre de mediana edad, creo que lleva gafas, pero no se vé muy bien. Tras mi respuesta, no dice nada. Parecería que aquí acabe la historia de la humanidad y vayan a aparecer en algún sitio las palabras The End, como en esas películas en que es el espectador quien ha de aventurar el final. Yo tampoco sé qué más decir.

-No, no está tan cerca. ¿Vas a pie? –pregunta sin ninguna prisa.

-Sí.

-Pues a pie tienes un buen rato hasta ahí –dice el hombre.

Pues sí que me ayuda el saber esto.

Y nada otra vez. Me estoy hartando de este diálogo tan parco e infructuoso: si mis congéneres son así de fraternales, la soledad absoluta no era peor que esto. ¿Habrá leído este hombre el cuento de la Caperucita? Probaré suerte añadiendo un tema nuevo:

-He intentado llamar, pero no hay cobertura…

-No, aquí no hay cobertura.

Transcurren varios milenios más.

-Pasa, si quieres, y llama desde aquí –dice al fín.

¿Si quiero, ha dicho? Baja a abrirme. Tendrá unos treinta y cinco años, de complexión media, gafas de miope, tejanos, calzado deportivo. No parece demasiado simpático, la verdad. Sube las escaleras delante de mí, y llegamos a un salón muy amplio, con chimenea, decorado en el estilo en que decoran la mayoría de solteros sus viviendas. Hay un pastor alemán tendido en el centro, que se levanta perezosamente para saber quién viene con su dueño.

-Ahí tienes el teléfono –indica, para añadir a continuación-: Yo ahora estoy cenando, si esperas a que termine te llevo yo.

-Ay, pues muchas gracias.

Hago algunas llamadas, pero nadie contesta. ¿Dónde se habrán metido todos? Finalmente obtengo una respuesta, hablo con la hija de Elisabet, una de mis compañeras.

-No, mamá no está, y además se ha olvidado su móvil aquí.

-¿Sabes si ha venido al encuentro de yoga?

-No, ha ido a cenar fuera. Irá allá mañana, dijo.

Cuelgo y vuelvo al salón, algo desanimada.

-Siéntate por ahí –dice el hombre que cena-. ¿Te da miedo el perro?

-No, al contrario –digo aceptando los olisqueos del pastor alemán y acariciando su cabezota.

-Se llama Nix, es hembra.

¿Qué hago yo en pleno bosque, en casa de un desconocido que cena tranquilamente mientras yo le miro, a él y a su perro mitológico?

El hombre mastica un bocado de sandwich. Al terminar de hacerlo, dice:

-Soy escritor.

-¿De veras?

-Bueno, de día trabajo en el matadero del pueblo, y el resto de horas soy escritor. Esta casa la heredé de mi abuelo, pero aún no he terminado de arreglarla. ¿Quieres una cerveza?

-No, muchas gracias.

Luego el escritor me explica que no soy la primera persona que se pierde buscando esa casa de colonias. Tras el último bocado, se levanta y coge unas llaves de la mesita de centro.

-Anda, ven, te llevo en mi coche.

-Así que escribes –apunto para amenizar un poco el trayecto.

-Sí, una novela, aunque he publicado cuentos cortos. Otro rollo.

¿Le pregunto de qué trata la novela? Es la pregunta más absurda que se puede hacer a un escritor.

-Y tu novela ¿de qué va?

Sin apartar la vista del camino, contesta:

-Va… Bueno, es la nieta de una condesa que de vez en cuando habla con un personaje algo extraño. Voy casi por la mitad.

-Ah.

Y me dejó ante la casa, pero en aquella sí había luz. Llamé a la puerta y supe que esta vez sí me abrirían a la primera, pues mis compañeros estaban dentro. Les oí reir.

(FIN)

ago-06
modif oct-2007
modif. jun-2009

13. Condo al teléfono

Es cierto que una vez, hace mucho tiempo, había escrito algunas colaboraciones en una revista de temas de salud alternativa, pero la novela era otra cosa muy distinta. Fue precisamente el jefe de redacción de aquella publicación quien me dijo “Tú tendrías que escribir una novela”. Entonces no le había hecho ningún caso, porque era buen tipo pero –según mi parecer- demasiado joven para opinar.

El libro que intento escribir hace tiempo trata de una mujer de casi sesenta años, Elisa, que regularmente, como medida terapéutica prescrita por el psiquiatra que la atendió durante una larga depresión hacía muchos años, comenzó a escribir cartas al hijo que había abortado de muy joven. Dejó de medicarse poco después, pero le cogió el gusto y continuó escribiéndole hasta convertirse en una costumbre. Cada vez que lo hace cierra la carta en un sobre, pone en él el nombre de su hijo, Abel, y la echa sin añadir ninguna dirección en cualquier buzón de correos (esto no era indicación del médico, sino una ocurrencia suya).

Este fin de semana he venido al pueblo, a la casa que me dejó mi padre en un pueblo del interior que no ha crecido tanto como los demás. A pesar de lo que me gusta el campo, no vengo mucho porque para mi gusto está demasiado lejos, y porque está dejada: es una casa sin vida, con la melancolía por único habitante, y cuando voy tengo la sensación como de estar de más en ella. Lo bueno que tiene es este gran ventanal del comedor.

Llevo buena parte de la mañana intentando escribir pero no puedo concentrarme. Hay dos tipos de escritores: los que dependen de las musas y los que no. Según estos últimos, el hambre viene comiendo; es decir, se trata de disciplina, de ponerse aún sin ganas, y algo sale. Si es con un café quizá salga antes.

Tras sentarme con la taza delante de mí, me he quedado pensando en una entrevista que había leído hacía poco, donde un escritor muy conocido recomienda escribir como si ya estuvieras muerto y nada importara. O algo así. Si escribir es como parir, a veces hay como dolor de contracciones, eso es lo único que sé. Pero imaginarse muerto es otra cosa bien distinta. Qué duro es todo esto, ¿por qué me habré metido ahí? El único que conozco que me entiende un poco es Condo, porque él no solo escribe sino que, además, publica. Vete a saber cuántos siglos hace que publicó lo primero. ¿Qué sería?

Se oye un ladrido lejano y el tiempo se para: la película de mi vida ha pasado a resumirse en una escena paisajística con las montañas del horizonte y el ladrido de aquel perro por toda banda sonora. Una película lenta como las de Angelopoulos. En algún lugar de mí se efectúa una especie de defrag mientras repaso la curva de las montañas con un dedo imaginario: una cadena de cumbres lejanas en gris, la de enfrente de un gris azulado más oscuro, la siguiente en proximidad entre azul y verde. Y el perro. Suena el móvil.

-¿Qué tal, condesa?

-Hombre, hablando del papa de Roma...

-¿Pensabas en mí? Cuánto honor –bromea.

-Estaba intentando escribir –resumo.

-Oye –él a su bola-, ¿tú sabes si el tomillo necesita mucha agua?

Es un caso. Igual desaparece durante días y días y luego te llama para preguntarte sobre el tomillo. Sabe de todo menos de cosas prácticas.

-Pues no, creo que no mucha.

-Así que estás inspirada, ¿eh? –dice-. Pues nada, no interrumpo más...

-Condo, espere.

-Diga usted.

-¿Para qué se escribe?

-Pues para encontrar al lector. A veces uno basta, si sabe dimensionar lo que el autor pretendió exorcizar o perder de vista.

-¿Y por qué se sufre tanto escribiendo?

-Bueno, la literatura es una forma de inocular en otro un sufrimiento, una sorpresa, un hallazgo. ¿Entiendes?

-No del todo –confieso-, ya sabe que soy un poco lenta.

-¿Qué es exactamente lo que temes?

Me avergüenza decirlo, pero con él no hay más remedio porque si conecta la telepatía es peor.

-Que la novela acabe sustituyendo al párroco tras el confesionario, algo así.

-Ah, es eso... –dice Condo al otro lado-. Pues te daré una pista, hoy me pillas generoso, ¡ja ja! Verás, de la vida se extraen personajes y esos personajes se transforman en palabras, pero a su vez esas palabras contadas en un libro configuran un nuevo personaje con su propia alma, con su propia carne, su propia lógica... La literatura es un ejercicio de distancia, de disociación, de dislocación, tu puedes hablar de lo que quieras a través de un personaje pero no a través de ti, y siempre que esa narración represente una especie de transgresión respecto a la historia en sí. ¿Me sigues?

-Sí –digo para mí misma.

-El proceso creativo –continúa la voz de Condomina- es precisamente la posibilidad de reinterpretar el mundo desde el otro lado, y eso es algo que no se hace desde la nada.

La nada. La Historia Interminable. El niño que se lee a sí mismo leyendo, la...

-¿Usted cree que está mal escribir sobre alguien que escribe?

-No se trata de mal o bien, condesa. Es inevitable que las personas seamos una novela, un proyecto, y también es usual que seamos el proyecto, la novela de otros.

-O sea –pienso en voz alta-, que a nosotros también nos escriben.

-Podría ser. Pero recuerda: escribir una novela es también, de alguna manera, reconstruir una historia, darle un sentido renovado.

-Ya.

-Lo que debes evitar siempre es querer hacer literatura. No hay literatura: hay lo verdadero y nada más –sentencia-. No escribas para nadie, ni siquiera para ti misma, escribe como si le escribieras a Dios, hazme caso. Escribir nada tiene que ver con lo verbal, aunque lo verbal sea tomado como pretexto para acercarse al nudo de la trama, pero se trata de un lenguaje que no está en la lengua sino en la mano, es la mano la que recoge los esputos que salen de la boca y los pone en otra clave.

-Sí, a veces me ocurre.

-¿El qué?

-Que escribo cosas que no sé de dónde salen, como si la mano escribiera sola, como si...

-Pues eso no hay que retocarlo nunca, hay que dejarlo así, esas cosas son como pequeñas joyas en bruto, para el efecto del que te estaba hablando antes.

Cómo me conoce, sabe que soy muy dada a retocar, y eso que no ha leído nada mío. Suspiro.

-Gracias, tomaré nota de todo esto. Páselo bien, Condo –me despido.

-Hasta pronto.

Las montañas siguen ahí al fondo del ventanal pero el perro ha dejado de ladrar. Entonces he pensado "soy Elisa y escribo para Dios", y la mano se ha puesto a escribir a Abel en medio de un vacío terrible, sin pensamientos ni deseos:

“Y sin embargo ¿qué es eso que se busca, para lo que aún no se ha inventado la palabra correcta, y que se sabe que no se encontrará?

A veces está en una paloma muerta bajo el sol, otras veces junto a la oreja de una dependienta de supermercado. Donde seguro que no está es lejos, Abel, ni junto al farol de aquel cuento que te conté una vez. Puede estar en cualquier parte y yo me pasé la vida buscándolo erróneamente en una mirada, escrutando siempre más allá de todas las pupilas, por si acaso. Y, como entonces era muy ingenua (o aquella era una necesidad demasiado apremiante, demasiado ardiente, como son muchas cosas cuando se es joven) solía verlo enseguida, lo veía aunque no estuviera ahí, lo he visto alocadamente en muchos ojos, en muchos tactos y susurros. Pero no estaba, en realidad no estaba más que en mi deseo.

Buscaba algo que haya sido sentido, más que al sintiente (aunque también, porque si hubiera encontrado al sintiente, entonces..), una especie de reflejo, una intuición, un más allá de lo tolerado, una herida insuperable. Buscaba la rabia incontestable de la finitud, del conocimiento, la aceptación seguida de la angustia, seguida de otra aceptación sin nombre, la magulladura de la cadena que ata a la eterna trampa, un estigma, ¿comprendes, Abel? Lo que buscaba, con la desesperanza del indigente que busca algo comestible en un vertedero, era otro desasosiego que comprender, aunque fuera paralelo y jamás se fuera a encontrar con el mío sino en la urdimbre de lo irremediable, en la sed de compaginación. Lo buscaba en unos ojos o una caricia aguada, no importaba que pareciera aguada si decía lo que debía decir, en cualquier cosa que se pudiera pensar luego con palabras que se pudieran rebobinar y evocarlas más tarde para mantener la calma en el ojo del volcán. Buscaba un instante de aterramiento parecido al mío o mínimamente similar, un miedo al vacío saltado limpiamente con una pértiga hecha de sílabas inventadas sólo para mí, un intento anacrónico de deshacer el maleficio con el lenguaje. Porque, sino, ¿para qué nos han sido dadas las palabras, hijo, sino para estropearlas por el uso y luego comprar otras nuevas? Y siempre que lo encontraba me decía "ahora sí", pero nunca era, los nombres acababan deslizándose inevitablemente en un vacío demoledor. Lo que menos podía imaginar era que no lo encontraría en unos ojos sino en un verso, en un suspiro mudo. Y cuando lo encontré me dije otra vez "ahora sí", pero entonces lloré lágrimas de oro rojo porque ya era tarde.”

sep-06

modif oct-2007

12. Condo al microscopio

Huele a laboratorio, a formol, y es que realmente es un laboratorio. Varios microscopios esperan en fila, desperezándose de su sueño para el evento. Teóricamente no debería estar aquí, pero nunca es tarde.

En la introducción, Irene, en bata blanca, explica dónde están repartidos los tejidos de la médula, dónde los cromosomas, y seguidamente su ayudante Marta hace de guía al pequeño grupito.

Cuando se acomoda los ojos al binóculo, la percepción toma otras dimensiones y la existencia queda reducida a un campo visual redondo. Fuera de ese círculo no hay luz ni universo, sólo la nada. Una pantalla de cine minúscula y circular. Dentro de ella posan, muertas hace tiempo, algunas neuronas.

-¿Cuáles son las astas ventrales? –oigo a Marta en el microscopio de al lado.

-Pues... –contesta Javier, a pocos metros de mí.

-Las ventrales se distinguen por ese surco entre ellas, ¿lo ves?

-Ah, sí.

Dejo de escucharles para acomodar mejor mi vista a la del aparato electrónico etiquetado 1000X. Mil veces adentrada en la realidad. Pruebo cerrando un ojo para contemplar ese universo que nunca imaginó llegar a ser visto, un cosmos liliputiense de habitantes autóctonos, amplificados por la técnica para que podamos ver sus cientos de ramas diseñadas por el Gran Programa. Un universo en una millonésima de trillonésima de gotita.

-Un gran invento –dice una voz de hombre muy cerca, junto a mi hombro derecho. Miro un momento afuera de ese mundo interior.

-Me extrañaba a mí que no estuviera usted por aquí, Condo.

-Vuelve a mirar, anda, que te mostraré algo más –ordena.

-Neuronas piramidales –digo-. ¡Pues sí que tiene capas el córtex, es fascinante!

-Seis, una debajo de otra, ordenaditas como Dios manda.

Salgo de nuevo a la realidad de fuera, como el buzo que sale a la superficie a respirar.

-Pero la conciencia no la veo –observo.

Ahora me fijo que se ha puesto bata blanca, igual que la de Irene. “Espera”, dice, mientras trastea con el cristalito del objetivo y lo saca; luego saca algo del bolsillo: es otro cristalito igual que aquel. Es como Correcaminos, que siempre tenía a mano lo que necesitaba aunque estuviera en medio del desierto, todo marca Acme.

-Le queda bien la bata –digo.

-Sí, casi tan bien como a mi hermano.

-¿El de la Seguridad Social? ¿Cómo es?

-Sí, ya te he hablado de él alguna vez. Es algo menor que yo. Y va más de guays que yo -dice como si hablara del tiempo, mientras acomoda el nuevo cristalito en el lugar donde estaba el otro.

-¿Qué hace, Condo?

-Es que lo que estabas viendo era de rata, ¿no lo has oído? Aquí hay algo de verdad –me mira misteriosamente-. Algo auténtico.

-¿Qué es?

-Lo que hace tiempo sueñas en ver. Anda, condesa, mira ahora –pide.

No me atrevo ni a pensarlo, pero conoce todos mis deseos. O casi todos.

Me sumerjo otra vez en ese universo, también es redondo y luminoso, como el de antes, sólo que la luz es distinta y el paisaje es diferente del anterior. Ahí dentro hay coros, voces puras flotando en el cosmos, acordes visibles de millones de colores, hay más cosas de las que pueden ser vistas, hay sinestesia de formas impensables y movimientos nunca imaginados.

-¿Qué ves? –oigo a mi espalda.

Quiero hablar pero las palabras no me salen de la garganta, encalladas ante tanta ramificación de ramificaciones en continuo proceso. ¿De qué? Esto está vivo. Un árbol del paraíso extendiendo billones de ramas como si se desperezara al sol, otro más allá, la exhuberancia en pleno disfrute de la determinación, mónadas que conforman trozos de tiempo dialogantes, hilillos dirigiéndose hacia sitios invisibles como si supieran el camino antes de recorrerlo y también el porqué de ese camino y no otro. Se trata de una luz de una naturaleza distinta a aquella a la que nos han enseñado a llamar luz. No puedo apartar los ojos de ahí, temo perder este sentido del todo, un sentido que no cabe ni ahí ni –ahora lo comprendo- tampoco cabrá nunca en una sola mente.

-La conciencia, la mente, el alma... La vida. Considérate afortunada, condesa.

Sigo mirando mientras me entrego a esta orgía en que los sentidos pretenden tejerse uno con otro y es difícil distinguir qué se oye ahí dentro, qué se ve y que se huele: es la percepción y sus misterios casi hechos comprensión, una borrachera privada de...

-¿Qué es la conciencia, Condo? ¿y la mente? ¿y la vida? ¿qué hace que estas...?

-Demasiadas preguntas para una clase, condesa –dice con las manos en los bolsillos de la bata- pero imagina una paella e imagínate el aceite que la toca, que la cubre del todo. El aceite, aún una gota, tenderá a extenderse para ocupar todo ese espacio, ¿no?, pero hace falta una masa crítica de aceite para cubrir todo el suelo de la paella.

El binóculo me atrae irremediablemente, deseo violar ese mundo de nuevo y grabar cada matiz en una memoria histórica que no pudiera borrarse jamás. Hay átomos jugando a formar hileras, deben ser átomos porque es luz, puntitos de luz inteligentes que danzan sabiendo que su sola estructura basta para darle un sentido fatal a lo inmenso, hay luz por todas partes siguiendo un orden, un... ¡oh, Dios! hay algo más ahí, algo que no estoy viendo con los ojos pero que tiene entidad propia y supera a la de esos puntitos...

-Pues bien –continúa la voz de Condo justo detrás de mí-, la paella es la mente y el aceite la conciencia. El objetivo es que el aceite cubra toda la mente para poder así freir algo. No toda la mente es conciencia, porque ahí habitan los sueños, el inconsciente y los automatismos.

-¡La mente está por todo el cuerpo! ¡aquí se ve claro que es así! Aquí... ¡oh, Condo! ¡Condo! ¡Es...

Surjo otra vez como el buzo a la superficie, al espacio donde se halla mi cuerpo de verdad, y en él mis sentidos. Él sigue explicando:

-Bueno, hay algunos que lo dicen así, sobre todo desde que se descubrió en el intestino algunos péptidos que se creían propiedad exclusiva del cerebro, como la hormona del crecimiento.

-¿Está diciendo que el intestino también es inteligente? ¿qué la conciencia...?

-Yo no lo diría así, aunque es cierto que una molécula que desempeña cierta función puede ser desempeñar otra muy distinta en un lugar y un tiempo diferentes del mismo cuerpo. Quizá ahora entiendas eso que técnicamente llaman plasticidad: una maravilla total.

No sé cuánto tiempo ha transcurrido (Condo tiene la virtud, o el defecto, de desvirtuar el tiempo), pero de pronto me doy cuenta de que los demás han debido marchar del laboratorio hace rato, nos hemos quedado solos. Me siento en el taburete, intentando asimilar lo que oigo:

-Siga, por favor -pido.

-La conciencia es el estado vigil pero va más allá –explica-: se trata de una extensión del estado vigil; de lo que se trata es de alcanzar a los sueños, el inconsciente y los automatismos. Extender o expandir la conciencia y alcanzar así a todo lo que hay en el incosciente de amenazante, peligroso o temido y que forma la trama de los sueños: ese es el reto individual del hombre, eso que Jung llamaba individuación y que yo prefiero llamar "conciencia extendida".

-No es la mente lo que se expande, sino la conciencia... –me resumo a mí misma.

-De hecho algunos autores han propuesto olvidarse de la palabra mente que puede ser común a todos los organismos vivos, y reemplazar este concepto por el de conciencia.

-Pero entonces ¿el cerebro..?

-Oh, el cerebro no es mas que un grumo de lípidos flotando en agua.

-Pues tiene un diseño muy guay –digo.

-Sí –concede Condo-, pero conocemos a través de la mente, que es inmaterial, y sin cuya ayuda el cerebro no podría conocer nada. En realidad el cerebro sólo conoce cuando sueña, alucina, o percibe; pero no creas, el pobre es tontorrón, no interpreta ni los datos que le vienen de dentro ni los que le vienen de fuera, porque para interpretar algo hay que conocer el idioma, el código en que suceden ese tipo de cosas.

-Y eso es la mente. O la conciencia –digo.

Llaman a la puerta. Asoma la cabeza un bedel de grandes bigotes, me dice que es tarde, que debo marchar. Me lo dice a mí sola, claro. Le contesto que enseguida recojo y vuelve a cerrar la puerta tras él.

-La mente es una gran metáfora, condesa –resume Condo mientras me pongo la chaqueta-: una metáfora especializada en construir más metáforas, una fractal. Es ella quien conoce quien interpreta, quien sabe, pero sí, ya te digo: más que la mente yo diría que es la conciencia, pues es ella la guardiana de los códigos sociales, culturales e incluso psicológicos del individuo. La primera herramienta de conocimiento de la mente.

-¿Hay otras?

-Bueno, la más primitiva e intuitiva es la empatía. La empatía es algo muy parecido al apego, y el apego está químicamente determinado por cosas como la oxitocina, la serotonina y demás; es decir, se soporta sobre varios circuitos químicos, pero lo que es una herramienta de conocimiento no son esas hormonas sino la empatía, que vendría a ser el resultado de convertir matrices primitivas en algo más complicado, una vuelta más de tuerca.

Condo ha dicho esto último recogiendo el cristalito, se lo pone en el bolsillo y vuelve a dejar en el microscopio el que había antes. Sé que ha llegado la hora de irme. Él desaparecerá luego, o se quedará pensando, o vete a saber qué.

-No dirás nunca a nadie lo que has visto –dice, con una expresión tan severa que me asombra.

-La conciencia no la he visto, no sé qué forma tiene –me quejo.

Condo suspira, y dice a media sonrisa:

-Pues claro que la has visto, pero te resistes a creerlo.

Salgo del edificio pensando que lo mágico sí existe. Fuera ha anochecido y hace mucho viento, muchísimo. Tardaría días en estar segura de que no fue un sueño, que realmente había visto una célula viva del mismo Condo.

(ene-2007)
modif oct-2007

27 enero 2007

17. Condo pausado

Hacía cuatro días que esperaba el documental de National Geographic que hacen esta noche sobre la vida del cangrejo gris de Alaska, ideal para engrosar mi colección de maniática de la naturaleza, así que me he aprovisionado de una caja de dvd’s y todo está a punto para la grabación programada, pues a esa misma hora he quedado con Yolanda. Nunca se me han dado demasiado bien estas cosas, pero creo que si encuentro la página correcta del manual del video, sección español, lo conseguiré. Interrumpe el teléfono.

-¿Ocupada, condesa?

-Hombre, Condo. No, por aquí ando, de ingeniera...

-Oye, esta noche salgo en la tele, dentro de un rato, ¿te lo había dicho?

-¿En serio? Lástima, porque me iba dentro de nada, pero bueno, puedo grabarlo –digo, catapultando automáticamente al cangrejo de Alaska. ¿Y qué hace usted en la tele?

-Bah, nada importante, es una tertulia de esas aburridísimas –dice al otro lado-. Esta va de arte y locura.

-Yo creía que a usted no le gustaba ser famoso –recuerdo.

-Y es cierto, pero cuanto más invisible desearía ser uno más le requieren en esos sitios, ¡ja, ja!

Y, como en la vida todo no se puede tener, es por este motivo y no otro que, puestos a elegir, he programado el canal de esa tertulia intelectual y he salido.

Con Yolanda nos hemos liado, como casi siempre, y también como casi siempre nos hemos pasado con los vinitos mientras me contaba de sus avances con la terapia sistémica.

Al volver, tiro las cosas donde caigan, me pongo un zumo de pomelo y de paso me tiro a mí misma en el sofá, pensando que sin ese invento llamado “madre” los psicólogos y psicoanalistas estarían todos en el paro. Entonces recuerdo la grabación y la máquina responde obedientemente a unos tecleos en el mando y se pone en marcha. Un plató decorado a lo moderno, dos invitados y el presentador en el centro. Vuelvo a coger el mando y muevo hacia delante unos minutos hasta que veo la primera intervención de Condo. Le preguntan sobre el genio artístico (ha publicado dos ensayos al respecto, aparte de tres libros de poesía y una novela) y él contesta la suya, casi como hacen los ministros, para acabar hablando de Bach y de Baudelaire. Pulso la pausa y luego el play otra vez, como los niños cuando descubren el poder de un interruptor de luz, con la extraña sensación de tener yo el control. Qué peligroso sería si pudiéramos hacer eso en la realidad.

-…es de una sublimi... –está diciendo Condo en el momento en que pulso la pausa de nuevo.

Sus manos gesticulantes han quedado en el aire, algo borrosas debido a lo mal que se llevan el movimiento y la quietud. Lo increible es que, mientras yo tenga el mando, esta vez no desaparecerá cuando menos me lo espere. Puedo incluso rebobinar, hacer zoom o quitarle los colores, es decir, puedo hacerle volver al pasado, detenerle, hacerle gritar o bajar la voz a mi antojo. Siento un escalofrío como de pequeño triunfo. Más play: “…del alma, ellos le llamaban daim..” Más pausa. Observo bien a Condo con el entrecejo fruncido y los labios apretados, con un aire algo dogmático. Play, pausa. Condo como un niño en pucheros ante la negativa de subir a los caballitos. Tiene gracia. Play, pausa. Condo congelado en una sonrisa de hoyuelo (ahí habrá dicho algo gracioso porque los tres ríen, parece casi orgulloso de su humor). Play. “Y eso, claro, es terr...”. Pausa. Condo de perfil mirando al presentador, gruñendo en el paleolítico, enseñando momentáneamente todos los dientes como si tuviera enfrente a una fiera que amenazara su cueva. Le dejo seguir dos frases más. “..lo que ha dicho el señ..” Pausa. Condo con una enérgica “u” en la boca, como si fuera a besar a su primera novia o a sorber por una pajita. Condo otra vez gesticulando para apoyar sus palabras (una mano casi le tapa la cara). Condo pillado en parpadeo, con los ojos cerrados casi del todo y las cejas muy alzadas, como paladeando un buen vino francés. Condo en mueca a punto de reir, Condo pensativo, sosteniéndose la barbilla y mirando abajo, más allá de la mesa. Ha dicho algo sobre los dioses griegos pero, mientras piensa la continuación, le dejo con los dioses en la boca y lo paralizo ahí.

Las ideas necesitan al lenguaje para mostrarse al mundo y ser dichas o pensadas, lenguaje y pensamiento son hermanos inseparables, dicen. La pregunta que se estaba gestando accede al terreno de los significados y pienso “¿Todos esos yoes son el mismo yo?” ¿Es Condo un niño a punto de llorar, un Neanderthal salvaje defendiendo su cueva, un escritor dogmático, un sibarita de los Bordeaux? En cualquier caso todos ellos han dicho “yo” en algún momento, y todos parecen bastante humanos.

Condo es todos ellos y ninguno, un poliedro de jade de infinitas caras, pero todas son del mismo jade, como el que tengo de pisapapeles comprado en aquel inolvidable viaje a Italia. En realidad todos somos así, un poco poliédricos, sólo que algunos lo son más que otros. Incluso hay poliedros de plástico o de cristal, pienso: el mismo acervo génico pero distinto material y distinta la complejidad de la forma.

De pronto recuerdo algo leído recientemente, voy a los libros, cojo dos y, de nuevo en el sofá, paso páginas y encuentro lo que buscaba, una cita del Bhagavad Gita: “El Yo encarnado se desprende de sus cuerpos viejos y entra en otros nuevos. Este Yo no puede ser herido, ni quemado. Es eterno, es inmóvil, el Yo es el mismo para siempre.” Heráclito opinaba justo lo contrario. En el otro libro leo “Para W. James, el yo puede dividirse en el Yo empírico y el Yo conocedor...” ¿Realmente nuestro Yo conocedor puede alcanzar la inmensidad oceánica del otro Yo, o bien el Yo es eterno e inmutable como dicen los vedas?

En la pantalla Condo se había quedado como pensativo mientras yo leía. Tomo de nuevo el mando a distancia y le solicito zoom hasta que la cara ocupa toda la pantalla. ¿Dónde está ahora mismo ese Condo que hablaba de la mitología griega? Fue precisamente un griego que pensó por primera vez que el movimiento no puede existir, dado que para cruzar un espacio determinado haría falta pasar por un número infinito de puntos y eso no es posible, pero en mi pantalla he inmovilizado uno de esos puntos y –increible- a Condo en él. Es preciso un poco más de zoom para ampliar su mirada como ausente, su mirada que en aquel momento veía en su mente a los dioses del Olimpo y que, en ese fotograma irrepetible, desprende una pureza casi infantil. “Aún no se me ha quemado la mirada”, había dicho un día.

Quería ampliar más pero la tecnología ha llegado al máximo. Habibi es tan rápido que salta del sofá antes de que yo acabe de levantarme de un impulso, y se me queda mirando mientras me siento en el suelo delante mismo del televisor, sin dejar de mirar a la pantalla como hipnotizada, necesitando comprender algo muy importante que no se dejaba comprender desde más lejos y sin zoom, con la agradable certeza de que para ello queda ya poco, muy poco.

ene-2007
modif oct-2007

22 enero 2007

23. La extraña voz de Condo

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20 enero 2007

21. Condo aprendiz de yogui

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